Estamos en el quinto domingo de pascua, faltan tres más para llegar a la solemne fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo que nos es dado, fiesta con la que culmina la Pascua. Ya desde hoy, se nos invita a dejarnos conducir por el Espíritu Santo. Por eso toda la palabra de Dios hoy proclamada nos hace presente la necesidad de “permanecer” unidos a Jesús...

 

Hemos escuchado un fragmento de los discursos de despedida que Jesús dijo en la última cena. Allí Jesús va desgranando nuestra identidad como discípulos suyos; nuestra misión; la experiencia sublime de habitar en Dios, experiencia que somos invitados a vivir; el misterio que nos desborda: la presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana que vive en medio del mundo y sufre la contradicción y el rechazo del mundo.

Hoy nos detenemos en la primera parte del capítulo quince del evangelio de Juan. A través de la imagen de la vid Jesús nos muestra nuestra identidad más profunda que hemos de vivir y manifestar.

Se nos presenta una imagen que era tradicional en la Biblia, la de la viña. Conocemos un canto de la viña en el profeta Isaías: la viña era el pueblo de Dios. Una viña que, como dice el profeta Isaías, no ha dado fruto bueno.

Jesús dice ahora que Él es la vid, nosotros sus sarmientos. Para producir el fruto esperado hay que “permanecer” en Él, hay que escuchar y realizar su palabra, dejarnos conducir por su Espíritu amando como Él ama.

¿Pero podremos amar así? De hecho la Pascua nos hace saber que somos amados hasta el extremo, que Jesús ha dado la vida en la cruz como testimonio incuestionable de su amor. Sabiéndonos así amados damos fruto, el fruto de nueva humanidad, fruto de amor semejante al que recibimos constantemente, porque estamos enraizados en la vid de la cual fluye su Espíritu, testigo del amor de Dios que sigue derramándose en nuestros corazones, o si queremos para seguir la imagen que Jesús utiliza hoy, en las raíces de nuestra vida.

Por siete veces se repite el verbo “permanecer”. Esto no significa perdurar como una estatua, por el contrario, se trata de un permanecer o habitar, que también así puede traducirse. Es un habitar o permanecer dinámico y activo, porque de hecho la vid como sus sarmientos son una realidad viva, unidos pero por la Vida. Permanecer en Cristo la vid, implica perseverancia, constancia y resistencia. Y esto gracias a estar injertados o conectados con Él.

¿Qué sucede si no permanecemos en Él? ¿Y si permanecemos sin querer dar fruto? No permanecer en Él o negarse a dar fruto, eso es rechazar el amor, y como consecuencia ese que no permanece se seca, se queda solo, muere. De esta manera se nos insiste en dejar que el Espíritu Santo atraviese a cada miembro de la vid y así se posibilite el amor que se manifiesta en las obras que se realicen.

Esto define al cristiano: es alguien que vive unido a Jesús y es movido por su Espíritu. O sea que se es cristiano viviendo continuamente una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una gran pasión por su Evangelio.

Sin esta experiencia de Dios vital y personal nuestra fe se viene completamente abajo. Muchos creyentes reducen su vida de fe a rituales y a algunas normas morales, a algunas prácticas emotivas, recuerdos gratos del pasado. Ante la mirada de los demás esta forma de vivir la fe no es más una especie de tradiciones o folklore anacrónico, expresión de un mundo irracional o fantasioso, llenos de miedos que condicionan la vida por tabúes, o una alternativa para aquellos que no saben afrontar los desafíos de la vida. Por supuesto que tal manera de vivir la fe solo provoca rechazo e impide que sea acogido el Evangelio de la Salvación.

Hay que reconocer que muchas personas se sienten vacías, sin espíritu, sin sentido en sus vidas, con poca vitalidad; algunas padecen adicciones para llenar esos vacíos, otros quieren probar cruzar toda clase de límites para sentirse vivos y termina realizando acciones terribles.

Un creyente en Cristo no puede vivir esta realidad como espectador indiferente o simplemente asustado. Necesita cambiar su forma de vivir la fe, para que la vida que vive sea atracción y respuesta para todos. Algo que no pueda suceder nunca si no vive una unión vital con Jesucristo, si no está profundamente enraizado en Él.

Sin ese “permanecer”, ese “habitar” conectados a Él no se produce fruto, no se ama en verdad y por tanto no se comunica la Vida o “savia” que se recibe. En cambio quien “permanece”, quien ama, se entrega a una proceso dinámico de crecimiento, expresión de esa opción constante por el amor. Así el “viñador”, el Padre, “poda” los sarmientos para que den más fruto, es decir, va “limpiando” amorosamente cada rama y hoja de su vid para liberarla de todo aquello que le es ajeno: lo libera de lo que es contrario a la Vida que recibe. Va haciendo que cada sarmiento sea cada vez más auténtico, más libre, con mayor capacidad de entrega, aumentando así la eficacia de sus obras de amor.

Permanecer en Él, estar unidos a la “vid”, nos ayuda a ir descubriendo el sentido profundo de la vida, ilumina el camino, despierta el deseo hondo de producir “fruto”, a la par nos descubre el gozo del amor que se dona desinteresadamente para que también otros tengan Vida.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.