El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid.

Hay que reconocer que ninguno de los escritos del Nuevo Testamento ofrece una síntesis tan rica y profunda como este evangelio de Juan. La síntesis de esta revelación, aparece formulada en su primera carta, pero es el trasfondo de todo el Evangelio. Y esa síntesis se expresa así: "Dios es amor". Todo lo demás es consecuencia de esta primera verdad. Esto es objeto de fe, no simplemente de conocimiento intelectual.

Hoy sí que nos sorprende Jesús al afirmar: «como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes». Es decir, nos comparte el amor del Padre: amor que nos despierta, nos libera y transforma. De aquí que nos invite a “permanecer en su amor” y a amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

Ese permanecer permite que se nos comunique el Espíritu Santo. La vid es Jesús, el Padre es dueño y cuidador de la vid, el Espíritu es la savia que alimenta los sarmientos y permite el fruto: el hombre nuevo. El Espíritu rompe las barreras con que solemos defendernos del amor de Dios, con que solemos distanciarnos de los demás. Curiosamente lo que más anhela el hombre es el amor, saberse amado. Y de lo que más se defiende es de un amor incondicional.

Y nos maravilla descubrir que Jesús nos ha hecho objeto del mismo amor que caracteriza el misterio de Dios, dinamismo infinito de vida y de comunión. Esto significa que el Padre nos ha amado en su Hijo Jesucristo, para amarnos en Él y para que también nosotros lo amemos en Él, con su mismo amor, es decir, con su Espíritu. Este desbordante misterio de su amor implica dos cosas muy importantes. Para llegar a la comunión consumada del amor del Padre y del Hijo en el Espíritu, que nos hace hermanos, tenemos que aprender de Jesús a ser antes hijos.

Nuestra respuesta libre y concreta es acoger ese amor y vivirlo en la fidelidad y obediencia de Jesús al Padre. Simplemente porque el ser amados y amar no puede ser nunca una imposición.

La vida cristiana es imitar y prolongar en nosotros la comunión que une al Padre y al Hijo, y que en nuestra historia se expresó en el amor de Jesús a sus discípulos.

Sorprende que Jesús hable de “mandamientos”, en este Evangelio de Juan, jamás ha hablado del Decálogo. No parece que estemos aquí ante un conjunto de prescripciones morales. Los mandamientos son la exigencia del amor. Cumplirlos significa ser como Él. Entonces estos mandamientos consisten en vivir los mismos valores que Jesús vive, comportarse como Él.

De aquí se entiende que Jesús pase del plural “mandamientos” al singular “Mi mandamiento”: «Ámense los unos a los otros, como yo los he amado» esto significa vivir y expresar un amor a semejanza del suyo.

Quizá pensamos que es inalcanzable, que es una utopía imposible, un ideal excesivamente alto. Pero en realidad nos falta corazón para vivir diariamente el Misterio Pascual: muerte y resurrección al hombre viejo. Solemos creer más en nuestras fuerzas, estrategias, miedos, heridas, cálculos, fracasos, logros que en Jesús Resucitado. La experiencia personal que Teresa de Jesús nos comparte es precisamente que no podía dar el paso definitivo de conversión por poner toda su confianza en su autosuficiencia. Cuando dejamos de apoyarnos en nosotros mismos vemos la vida divina fluyendo en nosotros. Entonces el Evangelio se vuelve encarnable. El discípulo cristiano puede amar así porque se sabe amado por Jesús Crucificado. Amor caracterizado por la gratuidad, la incondicionalidad y la comunión. Este amor es el “humus” donde se desarrolla la vida del discípulo, donde hundir sus raíces para amar y vivir esa comunión.

Y desde esa comunión cumplir «su mandamiento», es decir, comportarse como Él y realizar sus mismas obras. Y estas obras se sintetizan en ir realizando con Jesús y como Jesús la misericordia entrañable del Padre que sana la vida de los hombres y derriba los muros que los separa entre sí y de Dios.

Demos gracias acogiendo el amor misericordioso que hace surgir para todos la vida en plenitud y crea comunión y vivámoslo en el gozo de Jesús que Él comparte con nosotros.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.