Con la celebración de la Ascensión de Jesús entramos en la cumbre de su Misterio. Él que nos amó hasta el extremo, que soportó la humillación suprema, la muerte en la cruz, que resucitó de entre los muertos, es glorificado: el Padre lo sienta a su derecha y lo constituye Señor del universo, cabeza de la humanidad.

Jesús completa su camino: "Salí del Padre y vine al mundo, ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre". A María Magdalena le decía la mañana de Pascua: "Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes" (Jn 20, 17).

Esta fiesta constituye también la glorificación del cuerpo humano. Porque como dice el papa San León Magno: “La Ascensión de Cristo constituye nuestra elevación, y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día en donde le ha precedido su gloriosa Cabeza; por eso, con dignos sentimientos de júbilo, alegrémonos y gocémonos con piadosas acciones de gracias”...

 

En la primera lectura, las palabras que los “dos hombres vestidos de blanco” dirigen a los discípulos nos muestran el camino que hemos de tomar: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?». Es una invitación a no ser espectadores pasivos de la realidad que nos toca vivir. Es una llamada a ser testigos de Jesús llenos de confianza y alegría, porque Jesús nos infunde la fuerza del Espíritu Santo, para dar nuestro testimonio cristiano en el mundo. La Ascensión, más que recuerdo, es el impulso a la alegría del compromiso con el Evangelio, anunciado y vivido en toda circunstancia.

San Pablo nos dice que testificamos a Jesús como hombre nuevo, principio y concreción de la nueva humanidad. Ahora glorificado junto al Padre, ha sido constituido Señor, es decir, sentido de todo. Hacia Él tiene que tender toda la creación. Porque en Él todos hemos sido elegidos y bendecidos (segunda lectura.)

Esto no puede hacernos olvidar la cruz de Jesucristo. No podemos perder de vista que al que contemplamos Señor es a la vez Siervo. A través de su servicio se revela concretamente el amor absoluto de Dios por nosotros. Que sea servidor es causa de escándalo para unos, inaceptable para otros y resistido incluso por los cristianos. Sólo quienes se dejan conducir por el Espíritu Santo y por su obra nacen de nuevo, pueden aceptar y seguir, asumiendo sus actitudes y disposiciones, a Jesús servidor.

Necesitamos aceptar a Jesús en su condición de Siervo para así compartir su gloria. No existe otro camino. San Juan de la cruz nos dice: “El que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo”. No significa buscarse sufrimientos, sino que significa buscar amar como Él aceptando todas las consecuencias, como Jesús las asumió en su vida.

Para eso hace falta acoger el amor incondicional de Dios: dejarse amar por Él. Y esto implica comenzar a mirarse en Cristo, escucharlo en su Palabra, edificar la vida desde el Evangelio. De aquí irá surgiendo la conversión que nos lleva al olvido de nosotros mismos y a ser para los demás como lo fue Jesucristo. Así vivimos bajo el señorío de Cristo glorificado a la derecha del Padre. Experimentamos una verdadera alegría, al menos en el fondo del corazón, porque su Pascua ha modificado todo, reanimando de esta manera nuestra esperanza.

Jesús el Señor, llegó hasta el final en su compromiso por poner en marcha el proceso que convertirá a este mundo en algo nuevo. Subrayemos que su misión no consistió en resolvernos los problemas, sino en decirnos y mostrarnos donde se encuentra la solución y cuáles son los instrumentos realmente válidos para ponerlo en práctica.

Sabiendo que no estamos solos, perdidos en medio de un mundo muy difícil, tampoco estamos abandonados a nuestras propias fuerzas y a nuestros pecados. Cristo, que está a la derecha del Padre también está junto nosotros: camina como lo hizo con los discípulos de Emaús, nos custodia como “Buen Pastor”, nos rescata de nuestro dolor o incredulidad como a María Magdalena o al apóstol Tomás. Él mismo se proclamado nuestro “camino, verdad y vida”. Y es la “vid verdadera” a la que somos invitados a “permanecer” para, por la fuerza de su amor, dar fruto de “buenas obras”.

Ahora, firmemente anclados en esta promesa suya de que está siempre con nosotros, cada día, nos toca a nosotros actuar en su nombre, por eso nos llena constantemente con su Espíritu Santo que nos impulsa a vivir como hombres nuevos, servidores que viven para los demás, dando la vida diariamente por los hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.