Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés. Celebramos la fidelidad de Dios que había prometido, por medio de los profetas, que infundiría en nosotros su Espíritu Santo.

El Espíritu Santo llega a nosotros por medio de Jesús. En Él actuaba desde el principio, ahora, gracias a su muerte y resurrección, viene también a habitar en nosotros.

Por eso más que hablar del fin del tiempo de Pascua, tenemos que decir que estamos en la cumbre, en el corazón mismo de la Pascua. Porque gracias a la presencia del Espíritu nuestra fe no es nostalgia de un personaje del pasado, sino experiencia del Resucitado presente hoy en vida de la Iglesia...

 

“Sin el Espíritu Santo, Dios quedaría lejano del mundo, Cristo pertenecería al pasado, el Evangelio sería palabras muertas, la Iglesia sería una organización más, la misión sería pura propaganda, el obrar cristiano sería una moral de esclavos”. (Consejo Mundial de las Iglesias, 1968).

Por eso pueden decir los místicos que “la vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo” (S. Serafín de Sarov). El Espíritu Santo viene a habitar en nosotros como Señor y dador de vida, revelador de la intimidad divina, nos compenetra íntimamente a Cristo, no santifica, lleva a la adultez cristiana y la comunión eficaz entre los hombres, separados y divididos por el pecado. Gracias al Espíritu Santo actuando en los discípulos de Cristo se puede suturar definitivamente la grieta que divide y separa a los hombres entre sí.

El Espíritu Santo, al actuar en nosotros, nos va llevando progresivamente “hasta la verdad plena”, es decir, a la comprensión y vivencia perfecta del misterio de Jesucristo, encarnándolo en nuestra vida personal y en la historia del mundo, en la diversidad de culturas de nuestro mundo.

El Espíritu Santo nos concede vivir la verdadera libertad de los hijos de Dios, nos lleva a obrar más allá de las leyes y normas formales, nos guía en la realización de las decisiones maduradas bajo su misma dirección, haciendo que demos frutos duraderos en la vida personal y en la convivencia fraterna. Cuando el creyente en Cristo vive como Jesús, ama como Jesús, perdona como Jesús, pone en pie a todo ser humano “herido” como lo hacía Jesús, cuando ora como Jesús, allí está actuando del Espíritu Santo.

Dejarnos conducir por el Espíritu Santo es vivir como Jesús, dar testimonio de Él, construir su comunidad y luchar en favor del bien común. Eso es ser espiritual. Para un cristiano la vida espiritual, es decir, en el Espíritu significa una total identificación con Jesucristo, por eso santa Teresa define así al hombre del Espíritu: “¿Sabéis qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien, señalados con su hierro que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como Él lo fue”. (7 M 4, 8).

La pobreza, la violencia, la guerra, el hambre, la discriminación, la intolerancia, los hambrientos, los emigrantes, los ancianos olvidados, las mujeres y niños maltratados, los encarcelados, los esclavizados y explotados de diversas maneras, los deshumanizados por la falta de amor, los adictos, los enfermos son expresión de algunas de las heridas que rasgan y mantienen abiertas las venas por donde se desangra la humanidad.

El discípulo de Jesús, impulsado por el Espíritu y a igual que Jesucristo a quien se une por el mismo Espíritu, no tiene más voluntad que la de Aquel al que ama por eso realiza sólo aquello que el Padre anhela: hacer surgir en un mundo despiadado posibilidades nuevas de vida auténtica.

Así, el Espíritu Santo, hace que la Iglesia y cada miembro de ella, sea un signo visible del Amor Misericordioso de Dios para todo el mundo.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.