Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebramos con amor el don de la Eucaristía. Celebramos la Alianza nueva y eterna que el Señor hizo o mejor dicho HACE con nosotros. El signo de esa Alianza es precisamente la Eucaristía, sacramento de su inmenso amor, sacramento que conmemora su Pascua salvadora, sacramento que alimenta, fortalece y modela nuestra vida, sacramento de su presencia y cercanía...

 

La pasada fiesta de la Santísima Trinidad, el evangelio nos señaló que Jesús estaría siempre con nosotros. La Eucaristía justamente es uno de estos modos de estar presente y cercano. Jesucristo sabe bien que el amor pide presencia. Por eso escondido en los signos del pan y del vino manifiesta esta cercanía y disponibilidad.

Desde la Eucaristía, Él irá modelando nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestra mirada, nuestra inteligencia. A la par que será nuestro alimento que fortalece nuestro diario caminar en su seguimiento, vigorizará nuestro ser discípulos y misioneros suyos.

Hay que recordar también que esta presencia amorosa en la Eucaristía es nuestra salud. A propósito de esto se pueden aplicar perfectamente las palabras de san Juan de la Cruz. En el Cántico espiritual, escribe el místico carmelita:

Descubre tu presencia,

y máteme tu vista y hermosura;

mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura.

Y el mismo Juan de la Cruz nos explica que esta presencia de amor irá curando nuestro espíritu. Porque justamente, dice él: “la salud del alma es el amor de Dios, y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida salud y por eso está enferma, porque la enfermedad no es otra cosa sino falta de salud. De manera que, cuando ningún grado de amor tiene el alma, está muerta; mas, cuando tiene algún grado de amor de Dios, por mínimo que sea, ya está viva, pero está muy debilitada y enferma por el poco amor que tiene; pero, cuanto más amor se le fuere aumentando, más salud tendrá y, cuando tuviere perfecto amor, será su salud cumplida”. (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 11, 11).

Pero este amor no se desarrolla en un intimismo estéril, al que somos propensos, fruto del individualismo. El encuentro con Jesús en la Eucaristía es un encuentro en que Él nos alimenta a la par que permitimos que Él modele nuestro corazón. Porque la verdadera adoración y participación de la Eucaristía consiste en asemejarse a Jesucristo a quien contemplamos. Y al ser la Eucaristía memoria de su Pasión, de su entrega, es signo de cómo fue toda la vida de Jesús, apasionada por Dios y por el ser humano al que amó hasta dar la vida, por todos sin excepción. Una entrega que no la hace desde el triunfalismo sino desde los humildes signos de pan y vino. El amor verdadero es humilde. Por eso su amor se hace servicio, recordemos que el evangelio de Juan en el lugar de la institución de la Eucaristía coloca el lavatorio de pies.

La plenitud del amor de Dios la experimentamos cuando nos decidimos a asimilar nuestra manera de vivir a Cristo. Así lo expresa san Juan de la Cruz: “Donde es de saber que el amor nunca llega a estar perfecto hasta que emparejan tan en uno los amantes, que se transfiguran el uno en el otro, y entonces está el amor todo sano”. (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 11, 12).

Pero ¿qué pasa cuando nos ensimismamos frente a la Eucaristía en lugar de entregarnos a esa adoración que cambia nuestra vida? Quizá sea indicio de nuestras carencias de amor. San Juan de la Cruz dice que estas carencias pueden impulsarnos a la búsqueda de ese amor que nos brinda Cristo, pero como ya nos dijo el amor es perfecto cuando nos asemejamos a Cristo. “También se puede aquí entender que el que siente en sí dolencia de amor, esto es, falta de amor, es señal que tiene algún amor, porque por lo que tiene echa de ver lo que le falta. Pero el que no la siente, es señal que no tiene ninguno o que está perfecto en él”. (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 11, 14).

Ahora podemos comprender mejor la entrega de Jesús expresada en el signo de la Eucaristía. Jesús no es simplemente un buen maestro que dijo cosas interesantes. Es mucho más. El Maestro Jesús es la Palabra definitiva de Dios a nosotros, desde el signo de la Eucaristía nos interpela a ser y a amar como Él. Cada momento del día nos ofrecerá la oportunidad de amar como Él o negarnos a ello, tendremos la oportunidad de ser buenos o indiferentes, de ocuparnos en sus cosas o de ser egoístas. De “perder” nuestro tiempo por los demás, de escuchar calmadamente, de ofrecer pequeños servicios, pequeños gestos que alienten la vida de otros, etc. Es decir, cada día tendremos la oportunidad de vivir a fondo lo que Jesús nos dice en el contexto de la Última Cena: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

Justamente porque nos ofrece su cuerpo entregado y su sangre derramada, nos pide que entreguemos la vida como Él la entregó. Por eso su celebración de la Eucaristía y su presencia cercana en cada sagrario, nos recuerda su ejemplo, que no reservó su vida para sí, sino que por amor vivió para los demás.

Si no tenemos siempre presente este dinamismo de amor es señal de que no comprendemos mucho. De nada nos sirve estar presentes a su Presencia o comulgar su Cuerpo y su Sangre, si no nos decidimos a amar como Él, si por el contrario, de alguna manera menospreciamos a alguien.

Tengamos siempre la mirada sobre el signo de esta Alianza nueva y eterna, es decir,  la Eucaristía que celebramos en cada misa, que contemplamos en cada adoración que realizamos. Y recordemos que damos nuestro “amén” a lo que significa comulgar con Él: entregar la vida cada día, es decir, estar siempre disponibles, amando a todo aquel que lo necesite.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.