Después del tiempo de Cuaresma, después del Triduo Pascual, celebración central de nuestra Fe. Después de los cincuenta días del Tiempo Pascual y de las celebraciones de Pentecostés, Trinidad y Corpus, retomamos el llamado “Tiempo ordinario”. Se llama así porque no se conmemora nada en particular de los misterios centrales de la vida de Jesucristo. Pero no por eso tiene menos importancia que los demás tiempos litúrgicos. También en este tiempo se anuncia la Palabra de Dios rica y fecunda. Se brinda a todos sin excepción. Solo hace falta escuchar y creer.

Si hubiésemos retomado los domingos del tiempo ordinario la semana pasada, hubiésemos escuchado la parábola del sembrador y los cuatro terrenos o sea las cuatro maneras que acogemos el Evangelio y le damos lugar en nuestra vida...

 

Con las dos parábolas de hoy, la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza, Jesús busca alentarnos. Que no nos instalemos en la decepción porque, al reconocer todo lo que Dios siembra en nosotros, vemos a la vez que no dimos fruto.

Ninguna vida tiene solo altos, ningún ser humano vive solo de bajos. Unos y otros –altos y bajos– forman parte de nuestra vida y nos han configurado como el ser humano que ahora somos. Por eso, es importante asumirlos y afrontarlos por igual a los altos y a los bajos.

Siempre que una persona se acomoda a un momento bueno no debe pensar que de ahí en adelante la vida será “todo color de rosa”. Si pensamos así puede que hayamos caído en el error de la ilusión, que nos hayamos dejado deslumbrar por un espejismo. Lo más seguro es que a toda cumbre siga la hondonada de un valle. En ese caso podemos vivir agradecidos, porque ese valle profundo, nos llevará a las profundidades personales insospechadas.

En Consejos y recuerdos, Santa Teresita dio esta magnífica respuesta a su hermana que pretendía estar siempre a la altura de su vocación: “-¡Oh cuánto me falta adquirir”,- exclamé un día-. Ella me respondió: «Mejor di ¡cuánto me falta perder”. Jesús es quien se encarga de llenar tu alma en la medida en que te se vacía de tus imperfecciones. Estoy viendo que yerras el camino; por ahí nunca terminarás tu viaje. Tú quieres subir a una alta montaña. Y Dios quiere que bajes. Allí, a un hondo valle, a la fértil hondonada de la humildad».

Más específica fue con su prima María Guerin, también carmelita. Le escribe en una carta: «Te equivocas, amiga mía, si crees que tu Teresita recorre siempre ilusionada el camino de la virtud. Ella es débil, muy débil, y experimenta a diario esa triste realidad. Pero, María, Jesús se complace en enseñarle, como a san Pablo, la ciencia de gloriarse en sus debilidades. Es ésta una gracia muy grande, y pido a Jesús que te la enseñe, porque sólo ahí se encuentra la paz y el descanso del corazón. Cuando una se ve tan miserable, no quiere ya preocuparse de sí misma y sólo mira a su único Amado...» (Cta del 27 de julio de 1890).

Estas afirmaciones de Santa Teresita, y por supuesto la de las parábolas que hoy Jesús nos dirige, nos causa cierto mal sabor. Se debe a que vivimos en una cultura del rendimiento y del éxito fácil e inmediato.

Tanto las parábolas de Jesús, como les escritos de Santa Teresita, nos hablan de fecundidad, no de esfuerzo o rendimiento. Nos hablan de la espera paciente, como la del sembrador. Porque la vida, su ley de crecimiento, no son estrategias nuestras, sino acogida de lo que Dios va sembrando en nosotros.

Eso nos dice que la fuerza de Dios sigue operando en lo profundo del corazón del hombre, en todo momento, en los altos como los bajos, en las “cumbres” como en los “valles”, que la vida nos presenta.

Solo cuando asumimos en nosotros los contrarios y nos reconciliamos con la idea de que las experiencias en el tiempo son contradictorias encontraremos, en medio de todo lo quebradizo y contradictorio de nuestra vida, una reconciliación con nosotros mismos y con la vida. Es allí donde nos abriremos por la humildad a la acción de Dios, pues cada vez encontrará menos resistencia de nuestra parte a su maravilloso “hacer” en nuestra vida.

La siembra, ya está bien realizada. Las fuerzas ocultas de la misericordia de Dios actúan en silencio. Es la obra del “callado amor”, como diría san Juan de la Cruz.

Ninguna ansiedad, ningún plan o proyecto nuestro logrará hacer presente la llegada del “cosecha” de la Gracia transformadora. Será la acción misericordiosa de Dios en Jesucristo, por la fuerza de su Espíritu la que lo logre. Y nosotros necesitamos entregarnos con paciencia, llenos de confianza en la bondad y ternura del Señor.

Necesitamos saber que la siembra se ha llevado a cabo con éxito, que las fuerzas de Dios siguen operando, aunque ocultas y desarrollándose de una forma callada. Todavía no ha llegado la cosecha, pero su llegada es segura. En este tiempo conviene esperar pacientes y tranquilos y confiar en el poder de Dios. No serán la propia actividad e inquietud las que consigan el objetivo; el reino de Dios no lo establecen los hombres por sus propias fuerzas. La acción de Dios es lo más importante.

En definitiva: todo está en manos de Dios y todo terminará bien.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

carmelitaniscalzi

 delaruecaalapluma

cipecar

teresa de avila

portalcarmelitano

Cites

Teresianum

carmelitaniscalzi