Estamos frente a un Evangelio muy oportuno, porque nos ayudará a afrontar las diversas crisis que integran la vida humana.

Dejemos que esta palabra nos ilumine. Todo lo podremos comprender si nos permitimos al pregunta que se hacen los discípulos en la barca: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Y ante esta pregunta que ellos se hacen nosotros nos deberíamos cuestionarnos preguntándonos ¿por qué se preguntan por la identidad de Jesús si ya llevan un buen tiempo con Él?...

 

Después de un día fatigoso de atención a la gente y de predicación, Jesús pide «pasemos a la otra orilla». Era una travesía larga, de diez kilómetros, por un lago en que son frecuentes las tormentas, aún hoy día temidas. El lago está rodeado de montañas, las que hacen un efecto de sonido impresionante cuando se desata el vendaval: da la sensación que el viento aúlla como lobo.

Sin embargo, Jesús en esta barca va dormido. La mayoría de esos discípulos eran pescadores y sabían todo lo referente a la navegación. Por eso Jesús, que está en la popa de la embarcación, es decir donde está el timón, se duerme. Ellos los “expertos” han decidido conducir la barca, por tanto Jesús está desocupado y duerme.

Surge la tempestad. Y tiene tal fuerza que parece que es el fin de todo: pasajeros y barca. Por eso se molestan que Jesús duerma tan plácidamente y lo despiertan de un modo bastante agresivo: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?».

Jesús puesto en pie «Él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma».

Y a continuación nos pregunta, a nosotros sus discípulos: «¿Cómo no tienen fe?».

Pues bien, es una buena pregunta ahora que vivimos en una profunda crisis. La ciencia y el progreso que orgullosa y vanamente anunciaban un desarrollo infinito no se esperaban esto. Una crisis que afecta todos los sectores de la vida humana: cultural, religiosa, económica, ecológica. Crisis de valores, en la educación, en los valores sociales. La felicidad prometida solo es momentánea y no para todos. Emerge una cultura difusa, caracterizada por la falta de compromiso y la huida, con una señalada indiferencia hacia lo religioso, lo social y lo político. Y todo marcado por un terrible fatalismo.

¿Cómo afrontan esta situación los que se dicen creyentes? La fe es un acercamiento a la persona de Jesucristo y a los misterios, pero no pocas veces parece ser una rutina defensiva y un obstáculo para que los creyentes se asombren ante los misterios que profesan creer. Muchos suelen creer verdades infalibles para hacerse impermeables a las incertidumbres. Como las ideologías, a muchos creyentes su fe no les sirve para hacerse preguntas; solo buscan, cuando lo hacen, confirmar sus creencias, convirtiéndolas en certezas por la costumbre de la aceptación acrítica y sin reflexión. Pero entonces sus creencias religiosas se han vuelto solo defensivas, son aceptación ciega que los libra de dudas e incertidumbres. Así se vuelven fanáticos aferrados a estructuras , jerarquías, el orden y el extremismo defensivo: todo lo que aporte orden, certeza y la seguridad del poder. De allí que se expresen en vehemencia, agresividad verbal o desprecio hacia quienes no comparten su visión. Pero esto demuestra que el objetivo es la autodefensa; vencer, más que convencer. Más que firmeza es orgullo. La búsqueda de la verdad se hace desde la humildad.

Al faltarle criterio personal se aferran demasiado a la letra de las leyes porque no se atreven a hacer una interpretación propia y correr el riesgo de equivocarse en la interpretación.

Y sería interminable nombrar la multitudes de “devociones” que rescatan del pasado, pero al faltarles discernimiento, se convierten en prácticas supersticiosas, evasivas de la realidad y de la que se esperan soluciones mágicas.

«¿Cómo no tienen fe?». Parece que Jesús no tiene que ir muy lejos para encontrar gente sin fe: están al lado de Él.

El evangelio de hoy nos hace entender que tener a Jesús en nuestra barca no quiere decir que no habrá problemas, que todo irá bien, a pedir de boca. El Resucitado no es un seguro contra riesgos que contratamos para hacer el viaje de la vida.

La fe verdadera en Jesús resucitado, en su presencia salvadora, nos muestra que llegamos “a la otra orilla” no a pesar de la tormenta sino a través de la tormenta. La tormenta es inevitable cuando viaja el Evangelio iluminando la vida.

Santa Teresita ante la mayor “tormenta” que sacudió su vida, su última enfermedad y la grave crisis de fe, escribió: “Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia... La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor...”. (Carta a su hermana María del Sgdo Corazón, 17 de septiembre de 1896).

Todas nuestras reacciones de búsqueda de refugio ante la crisis e incertidumbres, ya sea por la huida y falta de compromiso o por asumir una religiosidad rígida y mágica, son actitudes de aquellos que más bien piensan que Dios no existe.

Cuando nos liberamos de esas actitudes, entonces entramos en la paz que solo Dios puede darnos, la paz con que Jesús dormía en la barca.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.