Toda la palabra de Dios hoy proclama el valor supremo de la vida humana, dada y querida por Dios, y cuya dignidad debe ser reconocida y respetada por todos.

Por eso, la primera lectura, presenta a Dios origen, sostén y Señor de la vida. San Pablo nos llama a estar atentos a las necesidades de los pobres, de aquellos que no tienen lo necesario para una vida digna. Y finalmente el Evangelio presenta a Jesús como aquel que devuelve la plenitud de la vida a aquellos que, por circunstancias particulares, tienen la vida lesionada...

 

En este caso se trata de dos mujeres que Jesús hoy cura. Una es una niña que no puede madurar, esa es la hija de Jairo. La otra mujer es una adulta vencida por su mal.

Jesús las cura para iniciar con ellas un camino de humanización evangélica en el que valga la pena crecer, realizarse en familia,

Primero tenemos el encuentro de Jesús con la mujer de las hemorragias. Esta mujer padece metrorragias uterinas. Lleva así doce años. Tiempo de soledad y de un profundo sentimiento de soledad y abandono, porque la ley la declaraba mujer impura, por eso no podía estar en contacto con su familia, ni los vecinos. Tenía que estar aislada de la sociedad. Había buscado toda clase de remedios, pero solo se empobreció, mientras que su mal se agravaba. Está condenada a la soledad y a la maldición social y religiosa. En consecuencia es una muerta en vida. Pero ella no se resignó a vivir así. Por eso va detrás de Jesús, escondida en el medio de la multitud.

Jesús deja que la mujer lo toque, algo legalmente prohibido, pero ella ha tomado su manto esperando de Jesús la salud. Al igual que con el leproso, el contacto físico con Jesús es la causa de su salud. Luego le pide que testifique ante todos lo que ha pasado. A diferencia de otros enfermos curados a los que Jesús les pidió silencio sobre lo que hizo para ellos, aquí pide a la mujer que hable ante todos, que certifique su situación que ahora ha sido transformada. Puede y debe hablar ante todos. Jesús no se impone, no destaca que Él la ha curado, dice más bien que “su fe la ha salvado”. Finalmente Jesús la despide en paz. No le ordena nada especial. Sino que la anima a vivir con salud y dignidad, que viva como humana en plenitud.

Como dato curioso, los evangelios apócrifos dicen que esta mujer se llamaba Berenike y que, años más tarde, ante el tribunal de Pilato grito por la liberación de Jesús. Y agregan los relatos apócrifos que esta mujer limpió con un velo el rostro herido y ensangrentado de Jesús camino del Calvario.

Jairo es jefe de una sinagoga. Toda una autoridad religiosa. Pero ante la impotencia para salvar a su hija, recurre a Jesús, a pesar que ya fue condenado por los escribas o sea los teólogos oficiales, pues sostenían que actuaba por una fuerza diabólica. Jairo ruega a Jesús por su hijita, para que le imponga las manos y se salve.

Ahora, al ver lo que Jesús ha hecho con la mujer de las hemorragias, Jairo tiene que convertirse en un padre que eduque para la vida y no para la muerte.

Llegan enviado de su casa para decirle que su hija ha muerto, que no moleste a Jesús. Es ahora cuando más tiene que creer este padre, que entra con Jesús en la habitación de la niña «muerta», acompañado por los tres discípulos de Jesús y por la madre de la misma niña, porque el milagro será un acontecimiento de fe compartida. Y la Iglesia, representada en los tres discípulos tiene que ser testigo y liberadora de la vida para toda la humanidad. Los padres han de darle de comer porque la niña ha vuelto a la vida, no se trata de un fantasma. Darle de comer también significa fortalecerla para que ella puede decidir sobre su vida.

Jesucristo ha manifestado plenamente su voluntad de salvar y restituir al hombre una existencia plena y feliz. Es en el encuentro íntimo y profundo con Él donde recuperamos la vida. La mujer de las hemorragias ha «tocado» a Jesús en lo más hondo de su vida, de su persona, y Jesús se ha dejó «tocar», no ha rehusado su roce más hondo. La hija de Jairo ha sido «tocada», o más bien dicho «tomada fuertemente de la mano» por Jesús. Ambas encontraron en Él la vida.

Santa Teresa recordaba su “conversión” como encuentro con una imagen de Jesús que «representaba muy bien lo que pasó por nosotros». Teresa reconoce que hasta ese momento su vida era una lucha «con una sombra de muerte», que a partir de ese encuentro, que pronto descubrió se realizaba en lo más profundo de su alma, era un nuevo vivir, un crecer increíble, que ella por sí misma nunca habría logrado.

Experiencia parecida fue la de Santa Teresita, que en una noche de Navidad, a sus catorce años, Jesús eucaristía «en esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa». Reconoce con alegría el efecto del encuentro con Jesús: «había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre...!». como bien lo explica san Juan de la Cruz: «La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios».

Como afirma contundentemente la primera lectura de hoy: Dios quiere la vida. Nos quiere junto a si en comunión plena con el misterio de Dios Trinidad. Quiere compartirnos su gozo y que este gozo sea pleno. Creados a su imagen y semejanza, estamos llamados a esta unión de amor. Y esta llamada a la unión plena con Él implica experimentar día a día cómo su mano nos rescata de la muerte e infelicidad, cómo va recreando a cada ser humano desde lo más profundo de su ser, como va haciendo nuevas todas las cosas para nosotros, para toda la humanidad.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.