Siempre esperamos de Dios. Queremos que se acuerde de nosotros. Anhelamos poder “ver” y poder “tocar”, su presencia, su cercanía. Sin embargo cuando Dios nos responde no solemos estar a gusto con lo que nos da.

Toda la palabra de Dios hoy habla de ese malestar y hasta escándalo que nos provoca la presencia de los profetas enviados por Dios. Ni Ezequiel es bien recibido ni Jesús es acogido entre los suyos. Ezequiel es resistido, a Jesús directamente no se le cree.

Como los habitantes de Nazaret tenemos nuestros prejuicios firmemente establecidos. No estamos dispuestos a aceptar que “uno cualquiera”: vecino, compañero, al que conocemos de toda la vida, pueda darnos lo que tanto anhelamos que Dios nos dé...

 

Y este prejuicio es tan fuerte que ni siquiera la propia realidad que lo desmiente nos hace cambiar de opinión.

¿Qué dicen de Jesús los nazarenos? Saben muy bien que Jesús no es un intelectual con estudios, como los escribas. No pertenecía a las familias sacerdotales. No era miembro de la aristocracia. Sabían bien que Jesús era un obrero de la construcción de una aldea desconocida de Galilea.

Es muy probable que los ancestros de Jesús hayan migrado desde Judea a Galilea, más concretamente a Nazaret, como agricultores. Eso podía haber sucedido tras la reconquista de Alejandro Janeo, un rey y sumo sacerdote judío. Como todos los que fueron invitados a repoblar Galilea, la familia de Jesús recibió en propiedad unas tierras. Así quedaban vinculados a las promesas de Dios, según la mentalidad de Israel de aquel entonces.

Si perdían la tierra, lo que era muy probable por los altos impuestos que debían pagar, quedaban desamparados, no sólo a nivel económico sino también religioso. Se pensaba que al faltarles la heredad de Dios, no recibían sus bendiciones. Pareciera ser que la familia de Jesús perdió esas parcelas de tierra. Por lo tanto José y después Jesús debieron dedicarse exclusivamente a las tareas de un obrero común, sin estabilidad económica propia y dependiendo siempre de que alguien los contratara para algún trabajo.

Un día Jesús se fue de Nazaret movido por la llamada de Juan Bautista. Recién ahora regresa. Los nazarenos han tenido información acerca de Él. Se sorprenden de su sabiduría, preguntan sobre sus milagros. Pero el prejuicio que tienen es tan fuerte que no están dispuestos a acogerlo. Por eso lo rebajan con sus comentarios y lo rechazan.

Ellos no tienen fe en Jesús. Es la actitud contraria a la de la mujer de las hemorragias y a la de Jairo, que escuchábamos el domingo pasado.

Jesús no puede actuar si no creen en Él. Necesita la fe de aquellos que lo acogen, que reciben su palabra, dejando que la fuerza de Dios transforme su vida.

A veces, creemos más los comentarios que nos hacen otros sobre una persona, que a la persona misma; no nos atrevemos a conocer la verdad de esa persona cuando se encuentra ante nuestros ojos.

Pero los nazarenos prejuiciosas pagaron un precio muy alto: el evangelio nos dice que Jesús no pudo realizar allí ningún milagro. No se dejan enseñar por Él y por tanto no se abren a su sanación y liberación. Jesús no consigue acercarlos a Dios ni hacerles experimentar su amor misericordioso.

San Marcos nos está advirtiendo que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor, pero en realidad están encerrados en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.

El prejuicio es una forma de soberbia. Mezcla de arrogancia y necedad. El prejuicio nos lleva a deshumanizar al otro y además a “sentirnos” superiores al otro. Es una forma de mediocridad.

A los nazarenos la evidencia de humanidad de Jesús, de su normalidad, les resultada un obstáculo insuperable. Por eso se negaron a creer en Él. Por eso desecharon la salvación que Dios les ofrecía a través de Jesús. Querían ser salvados pero no querían lo que Dios les ofrecía en su Hijo Amado. Eso les resultaba comprometedor. Y no querían comprometerse con nadie ni con nada, preferían seguir con lo conocido, aunque fuera perjudicial. Eso era la falta de fe.

Preguntémonos: ¿acogemos realmente a Jesús, nosotros que nos decimos suyos»? ¿creemos en la fuerza transformadora de su palabra?

A pesar del fracaso en Nazaret y en otros lugares, Jesús nunca se desanimó y continuó la tarea que le encomendara el Padre Dios. Por eso sabemos que hoy sigue «imponiendo sus manos» y «anunciando su palabra». Solo experimentan su salvación quienes saliendo de sí mismos creen en Él.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.