Los últimos domingos nos han mostrado a Jesús comprometido con la vida de los hombres. Vida que sufre graves tempestades (la barca en el lago); o sufre marginación mientras se va agotando (la mujer de las hemorragias) o llega al límite de la muerte (la hija de Jairo); o se ha cerrado a la acción maravillosa de Dios por la resignación y los prejuicios (los habitantes de Nazaret).

Jesús que ha venido a sembrar la “Buena Noticia” de la salvación no se resigna a que este anuncio no llegue a todos los hombres. El fracaso de Nazaret no lo desanima sino que lo motiva a redoblar la entrega para cumplir el designio amoroso del Padre: envía a sus discípulos a anticipar su obra en otros lugares...

 

No se nos dice nada de lo que debían predicar. El evangelista san Marcos quiere dejarnos claro que no se trata de difundir solas doctrinas. En cambio, nos dice que los discípulos han sanado la vida de los hombres.

Las primeras palabras de Jesús al inicio del evangelio de san Marcos han sido: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». Esto es motivo de esperanza y de alegría. Pero queda claro que Jesús no se limita a una enseñanza que los suyos tendrán que difundir correctamente. Fundamentalmente Jesús nos señala que necesitamos abrirnos a un acontecimiento especial: Dios ha entrado en nuestra historia para humanizar nuestra vida.

El acento que el evangelio hoy pone en los discípulos curando, liberando y llamando a la conversión es un claro mensaje de que este es el camino que ha tomado Jesús y que nosotros tenemos que seguir.

Al unir curaciones y llamado a la conversión nos está llamando a ponernos en camino hacia la plenitud de la salud, es decir, a abrirnos a un proceso que implica el despliegue y la maduración de cada persona. Así nacerá un hombre nuevo.

Tengamos presente que en cada curación Jesús no se limita a devolver la salud física, sino que promueve una salud “social”: desautoriza toda estructuras sociales deshumanizadoras, deja al descubierto comportamientos patológicos de raíz religiosa. Ante una sociedad profundamente dividida y resentida llama a una convivencia fraterna y solidaria y sobre todo llama al perdón y la reconciliación. Libera a las personas de la carga de la culpa perdonando en gestos de afecto. Sana a las personas de lo que las desgarra interiormente, se muestra particularmente lleno de ternura hacia los estigmatizados y maltratados por la vida.

Así que evangelizar no es buscar adeptos, sino pone en marcha un profundo proceso de sanación, personal y social, por la apertura incondicional al Espíritu y la confianza ciega la bondad de Dios.

Un Dios al que reconocemos como Padre, que nos ha amado excesivamente en su Hijo Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu y nos ha hecho coherederos con Cristo. El gozo que esto provoca nos lleva a realizar la misión que Él nos confía: hacer de toda la humanidad una sola familia reunida en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tal como lo dice san Pablo en la segunda lectura.

Por todo esto Jesús nos envía hoy como discípulos y como comunidad cristiana a expulsar demonios, a sanar la vida, a ungir con “óleo de la alegría” a cuantos encontramos en el camino de la vida. A liberar las relaciones humanas heridas por el egoísmo, el poder, la violencia y la injusticia que fracturan lo humano.

Es un envío desde la sencillez de nuestras vidas, por eso las indicaciones de cómo deben equiparse los enviados, y la solidaridad con los vulnerados y vulneradas. Es un envío humilde, pues nuestra fortaleza es Jesús mismo y la confianza en que Él viene con nosotros.

La iniciativa es de Jesús y el evangelio nos aclara mucho al consignar estas palabras: “los llamó y los envió”. Hacía ya mucho tiempo que estaban con Él, no necesitaba llamarlos de nuevo. Pero ahora se nos subraya que la llamada y la misión están siempre unidas. Fuimos llamados en el Bautismo: para estar con Él, para vivir de Él. Y por su Palabra somos enviados al encuentro de todos los hombres que, lo sepan o no, anhelan la vida que viene de Dios y que sólo en el encuentro con Cristo pueden experimentar.

Somos enviados a anunciar con gran alegría la Buena Noticia de la Salvación, no tanto con complejos discursos ni con complicadas estrategias, sino con sencillez y autenticidad de nuestro testimonio.

Estamos invitados a asumir nuestra llamada bautismal: anunciar con alegría el Evangelio que trae la vida verdadera.

Fr. Pablo Ferreiro,ocd.