El domingo pasado, el evangelista san Marcos, nos presentaba la primera misión de los doce discípulos. Jesús que no se ha desanimado por el fracaso de Nazaret, los ha enviado a anticipar su misión en otros lugares. Hoy retornan los doce discípulos, llenos de alegría, comparten con Jesús su experiencia. Pero es tanta la gente que los interrumpe que Jesús decide irse con los discípulos a un lugar desierto para descansar y poder escuchar a los suyos...

 

Mientras los discípulos sanaban y liberaban a las personas, exhortando a la conversión, Jesús ha quedado solo. Y mientras espera en esa soledad le llega una noticia sombría: Juan Bautista ha sido asesinado por Herodes. Juan ha participado así del destino de todos los profetas. Pero además esta muerte del Bautista es un anticipo del final de la vida de Jesús.

Es entonces que regresan los discípulos llenos de alegría por la misión realizada, por la confianza que Jesús ha depositado en ellos. No se nos dice nada del resultado que han obtenido. Eso es porque ellos, como nosotros, tenemos que aprender que siempre se trata de una siembra, no de una cosecha. Se trata de sembrar el proyecto humanizador de Dios en el corazón de los hombres. Igualmente los discípulos sienten la alegría de haber hecho las cosas como Jesús las hace. Son amigos que comparten una misión en común.

Para poder compartir la experiencia Jesús les dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». ¡Qué humanidad muestra Jesús! Atento a las necesidades de sus discípulos de descanso, de alimento y sobre todo necesidad de reencuentro.

Pero esa propuesta de Jesús no se pudo realizar, porque las cosas se han ido sucediendo de otra forma. La gente se ha anticipado a Jesús y llegaron antes que ellos a la otra orilla, con hambre de pan y palabra, al lugar donde ellos querían descansar. Al ver esa muchedumbre, Jesús «se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato». No ha buscado a la gente, pero han venido muchos, y Jesús los acoge y atiende. Porque Él vivía todo desde la compasión. Esa era su manera de ser, su primera reacción ante las personas. Nunca fue indiferente a nadie. Siente compasión por la muchedumbre de gente  que vive desorientada y no tiene quien la guíe y nutra su existencia, quien las custodie y acompañe. Son «como ovejas sin pastor».

Compasión, ternura, atención, disponibilidad así se define Dios. Así se presenta Jesús. Así ha evangelizado y así ha de evangelizar el discípulo hoy y siempre.

No nos sirve de mucho analizar las causas del deterioro social y de la profunda crisis eclesial; ni el descreimiento de muchos. Menos que menos sirve que nos descalifiquemos unos a otros, por las ideas que se tienen. No es el triunfo de nuestro “ego” el que hará presente a Cristo, más bien lo ocultará y muy profundamente.

Es el amor, la sensibilidad, la disponibilidad, la generosidad de Jesús. Su olvido de sí mismo para estar al servicio compasivo de todos. En pocas palabras, su entrañable humanidad marcan el camino a seguir para renovar el anuncio del evangelio y suscitar la comunidad/Iglesia que siga siendo signo del Reino de Dios.

Aquella muchedumbre, «ovejas sin pastor» busca a Jesús y a su comunidad de discípulos con la esperanza de encontrar el cumplimiento de sus anhelos y deseos.

Sin embargo que no se nos pase por alto la necesidad de «ir al lugar desierto a descansar». El evangelio nos está indicando la necesidad del silencio interior, de la oración contemplativa para poder asimilar los acontecimientos. El recogimiento interior a la par que nos devuelve la armonía interior, desgastada por el exceso de actividad, nos permite encontrar la fuente de agua viva que hay en nuestro interior.

Es entonces que podemos sentir compasión por las «ovejas sin pastor», es entonces que podemos atenderlas con las mismas actitudes humanas de Jesús.

Sin este desierto, sin este silencio, sin esta oración transformadora, seguiremos perdiendo el tiempo y dañando a otros queriendo hacer triunfar nuestro “ego” que es incapaz de construir una comunidad de hermanos, que como tal no puede comunicar la experiencia del Dios misericordioso que sale al encuentro de cada hombre que lo necesita.

San Juan de la Cruz nos descubre que este desierto permite a Dios renovar al hombre y hacer surgir en él el amor verdadero. Este amor no es intimista ni olvidado de la realidad. Al contrario es un amor que actuará más eficazmente en ella. El hombre conducido al desierto donde se deja hacer por Dios, confía toda su existencia a Dios. Allí aprende a servir desde el amor verdadero. No ejercerá más un hacer por hacer. Ni permitirá que su “ego” quiera imponerse. El amor hará que se simplifique en la humildad.

“Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt. 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios.” (San Juan de la Cruz , Cántico espiritual 9, 3).

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.