El domingo pasado vimos a Jesús que se había retirado con sus discípulos a un lugar retirado para descansar. No lo pudo realizar, porque la gente se dio cuenta a dónde se dirigía y se ha anticipado a ellos. Al ver esa muchedumbre, Jesús «se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato». No ha buscado a la gente, pero han venido muchos, y Jesús los acoge y atiende. Porque Él vivía todo desde la compasión. Esa era su manera de ser. Por eso, olvidado de sí mismo, Jesús se dedicó a atenderlos. Ellos tenían hambre de pan y palabra...

 

Ahora Jesús va a alimentar a esa multitud. Pero este relato no lo escucharemos por el evangelio de Marcos, sino de Juan, porque los cuatro domingos siguientes los dedica la liturgia a la lectura del discurso del Pan de Vida, que solo trasmite Juan.

Así que nos encontramos ante una mesa imaginaria en el desierto, donde todos comparten una comida fraterna. Nacida de la acción de gracias sobre los pocos panes y pescados que un niño ofreció para tan enorme cantidad de comensales. Solo tenía cinco peces y dos pescados, y en esa imaginaria mesa se han sentado más de cinco mil invitados.

El Reino de Dios se ha ido manifestando en Jesús como sanación y plenitud humana. Ha curado a los enfermos, ha rescatado a los excluidos por las leyes religiosas y sociales, ha liberado a los que eran desgarrados interiormente por fuerzas oscuras.

En este momento, Jesús abre a los suyos un nuevo banquete de Reino. No hace falta hacer mucha esfuerzo para darnos cuenta que este relato apunta a la Eucaristía. Los cuatro evangelios relatan este “signo” que da Jesús, pero Juan vio la imperiosa necesidad que recordemos lo que Jesús nos dice acerca de ella. Porque podemos, como de hecho sucede, fijarnos en un rito privado y vayamos concentrando nuestro interés no justamente donde Jesús quiere.

Anticipemos algo de lo que se nos quiere comunicar a lo largo de estos domingos. Este evangelio de Juan, que sabe mucho de la Eucaristía, comienza con el relato de la Pasión con el lavatorio de los pies, sustituyendo así el relato de la Institución eucarística. Por algo será.

Podemos decir que hoy la Eucaristía, a través de la palabra y gestos de Jesús, está pidiéndonos una conversión “intelectual”, es decir, que abramos nuestra mirada y nuestra inteligencia a lo que Él nos está indicando. Porque solamente así llegaremos a la verdadera conversión del corazón y de nuestro obrar.

Hoy quedémonos con el primer mensaje: el Pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. Nos impulsa a ir creando una mayor aceptación y acogida de todos sin excepción y con ello el aprender a compartir, aunque no sea más «cinco panes y dos pescados», volviendo este mundo más fraterno y humano.

Santa Teresa, comentando el Padrenuestro, hace una magnífica síntesis sobre el Pan de la Eucaristía que pedimos al rezar la oración del Señor: abarca el compartir los alimentos materiales, pero también abarca el derecho del hermano a ser estimado, por eso es pecado la murmuración o comentarios sobre los otros, y la necesidad de dar buen ejemplo, que Teresa solo ejemplifica con la vida del religioso consagrado:

“Pues entendiendo, como he dicho, el buen Jesús cuán dificultosa cosa era ésta que ofrece por nosotros, conociendo nuestra flaqueza y que muchas veces hacemos entender que no entendemos cuál es la voluntad del Señor -como somos flacos y El tan piadoso-, y que era menester medio, porque dejar de dar lo dado vio que en ninguna manera nos conviene, porque está en ello toda nuestra ganancia; pues cumplirlo vio ser dificultoso, porque decir a un regalado y rico que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con moderar su plato para que coman otros siquiera pan, que mueren de hambre, sacará mil razones para no entender esto, sino a su propósito; pues decir a un murmurador que es la voluntad de Dios querer tanto para su prójimo como para sí, no lo puede poner a paciencia ni basta razón para que lo entienda; pues decir a un religioso que está mostrado a libertad y a regalo, que ha de tener cuenta con que ha de dar ejemplo y que mire que ya no son solas palabras con las que ha de cumplir cuando dice esta palabra, sino que lo ha jurado y prometido, y que es voluntad de Dios que cumpla sus votos…

Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene, y en su nombre y en el de sus hermanos pidió esta petición: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor».” (Camino de Perfección: 33, 1).

Esto está en profunda conexión con lo que nos dice san Pablo, en la segunda lectura, las actitudes de quienes se sientan a la mesa de la Eucaristía son, entre otras: la servicialidad, la amabilidad, la humildad, la responsabilidad, la paciencia, la dulzura… el ser personas de paz. Son los signos de los redimidos por el Evangelio, por los cautivados por Jesús y que viven en sintonía y comunión verdadera con Él y con los hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

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