Continuamos con el capítulo 6 de Juan, capítulo clave para comprender qué implica participar de la Eucaristía.

Jesús ha saciado a la multitud que lo ha seguido al desierto. Por medio de sus actitudes, gestos y palabras nos ha invitado a asumir nosotros las condiciones adecuadas para participar de la Eucaristía: olvido de sí, acogida de todos sin excepción, compartir lo que se tiene por muy pobre que sea, desapropiarse de ello, agradecer, darlo todo y finalmente el servicio como expresión de amor total.

Hoy nos presenta una nueva actitud: la fe. Ante la pregunta de la multitud sobre qué espera Dios de ellos, Jesús les responde: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado»...

Aquella gente, y nosotros también, nos extrañamos de esta respuesta de Jesús. Nos extraña porque sabemos “mucho” sobre Jesús, por ejemplo: algunos tienen muy presente el catecismo que han recibido, lo que han oído en la predicación de la Iglesia, en las lecturas que han hecho. Pero puede ser que nuestra relación con Él se reduzca a estar informados y a conocerlo como quien conoce a cualquier personaje de la historia porque le tenemos cierta admiración o simpatía. Pero hay que decir que saber sobre Jesús y creer en Él existe la misma diferencia que hay entre saber lo que dicen los libros sobre el amor y el hecho de haber sido amados y amar.

Creer tiene sus dificultades. Hay personas que confunden a Dios con la imagen que se han hecho de Él. Y suman a ello multitud de ritos y acciones religiosas que convierten en un fin en sí mismo. Pero esa imagen que se hicieron no es Dios ni sus acciones para rendirle culto ayudan, pues se interponen para llegar a la experiencia personal de Dios en Cristo.

Otra cosa que nos puede hacer pensar que somos muy creyentes es el hecho de que hay muchas personas y grupos dentro de la Iglesia que se muestran muy exigentes en su vida de piedad y que manifiestan públicamente su fe. Pero eso tampoco es indicio de creer, pues allí hay mucho de la arrogancia de los fariseos: felices por no ser como los demás, con pensamiento algo fundamentalista y promoviendo una moral puritana, lejana al Evangelio, pues confían más en sus obras que en la Gracia de Dios, aunque digan lo contrario.

Creer, tener fe, es un aprendizaje de toda la vida que requiere mucha humildad y docilidad de parte del que quiere ser creyente. Nuestra fe va cobrando calidad y profundidad en la medida que nos permitimos confrontarnos con la Palabra de Dios. Junto a ello orar incesantemente nuestra debilidad y pecado para poder acoger en nosotros el don de la Fe.

Santa Teresa aprendió por propia experiencia este camino que la llevó a la verdadera conversión y a la vida de santidad plena. Recuerda que su conversión fue porque «suplicaba al Señor me ayudase, mas debía faltar de no poner en todo la confianza en su Divina Majestad y perderla de todo punto en mí»; «Buscaba remedio, hacía diligencias, mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza en nosotros, no la ponemos en Dios».

Aquí nos deja claro santa Teresa que para que exista la fe es imprescindible cultivar la vivencia interior, el encuentro personal con Él, abrirse a su don. De lo contrario, cuando falta esta experiencia personal viva, interiorizada, cuidada y reafirmada continuamente en el propio corazón y en Iglesia, la fe corre el riesgo de empobrecerse, reduciéndose a aceptación doctrinal, práctica de obligaciones religiosas y obediencia a una disciplina. Entonces tenemos una ideología religiosa pero no una Fe.

Hoy Jesús toca nuestra corazón invitándonos a creer al que Dios ha enviado, es decir en Él. Dios solo espera esto de nosotros, creer, confiar, acoger en nosotros a su Hijo, el gran regalo que ha enviado al mundo. Esta es una exigencia en la que siempre tenemos que trabajar porque todo lo demás es secundario.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.