Continuamos escuchando el capítulo sexto de Juan. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y sus oyentes creen entender lo que quiere decir, se les hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido y lo que Jesús les quiere trasmitir...

 

Decíamos el domingo pasado que Jesús esperaba de nosotros la Fe. Y decíamos que creer, tener fe, es un aprendizaje de toda la vida que requiere mucha humildad y docilidad de parte del que quiere ser creyente. Nuestra fe va cobrando calidad y profundidad en la medida que nos permitimos confrontarnos con la Palabra de Dios. Junto a ello orar incesantemente nuestra debilidad y pecado para poder acoger en nosotros el don de la Fe.

Hoy la objeción que se le hace a Jesús puede ayudarnos a comenzar un verdadero camino de cambios, de asumir verdaderas actitudes nuevas, acordes a la Eucaristía que celebramos. Será una inapreciable ayuda para discernir lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón y que mantenemos sin darnos cuenta, pero que nos afecta negativamente.

Si el domingo pasado se le pedía a Jesús nuevos signos para creer en Él, ahora sus oyentes señalan una gran dificultad para creer en Jesús: su humanidad.

«Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?».

Así como a los nazarenos la evidencia de humanidad de Jesús, de su normalidad, les resultada un obstáculo insuperable, ahora les resulta lo mismo a aquellos que están escuchando a Jesús, a pesar de ser testigos de la multiplicación de los panes. Por eso se niegan a creer en Él. Por eso desechan la salvación que Dios les ofrece a través de Jesús.

Aunque digamos que creemos en la humanidad de Cristo, en realidad nos falta profundizar mucho. Nos cuesta bastante aceptar la humanidad del Hijo de Dios, es más fácil creer en su divinidad. Porque creer en su humanidad nos exige una nueva atención sobre todo lo humano.

Una atención nula o débil a la humanidad de Cristo es a la vez poca atención a nuestra humanidad y a la humanidad del otro. Es menosprecio de todo lo humano en uno mismo y en los demás. Es secundar nuestra pretensión omnipotente de sentirnos una especie de “divinidad menor” que, por supuesto, disfrazamos de gloria de Dios.

«Y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Lo aprendimos en el catecismo que la Eucaristía contiene: cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo. ¿Pero comprendemos que Dios se manifieste en la carne humana? ¿Recordamos que “carne” para la mentalidad del pueblo de Jesús, es la condición humana en su fragilidad y pobreza total? Aquí tenemos la afirmación más fuerte del Misterio de la Encarnación.

La grandeza de la carne consiste en que está traspasada por el Espíritu sin dejar de ser carne.

Para aquellos oyentes, Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios hecho carne, era un Dios ‘limitado’ y por tanto es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne. En realidad lo que no pueden aceptar que la cotidianeidad, humildad y cercanía de Jesús tenga que ver con Dios, pensamos que lo de Dios tiene que ser a lo grande, lo familiar nos parece que no puede representarlo suficientemente.

Que Dios se haga “carne” se vuelve inaceptable para quienes quieren vivir una relación intimista que nos desentiende de los demás. Es aquí donde más se destaca la diferencia entre lo que creemos y lo que vivimos.

Todos creemos que el Hijo de Dios se encarnó, lo rezamos en el Credo. Creemos su presencia real en el Eucaristía. Nos emocionamos con su mandamiento nuevo en el que creemos como causa de un mundo mejor. Pero estas creencias no mueven nuestra vida. Actuamos de acuerdo a convicciones que son las mismas que tiene el común de los mortales. Por ejemplo: creemos que la Eucaristía nos invita a compartir, pero nuestras convicciones nos mueven hacia ideas y modelos económicos egoístas que censuran duramente la realidad de pobreza de los demás.

Creemos en misericordia que Dios nos expresa. Pero nuestras convicciones nos mueven hacia aquellos que ponen “mano dura” en la realidad social, fácilmente aceptamos juicios simplistas de la realidad, de la pobreza o sobre miseria en que viven los otros, para poder mantenernos en nuestro egoísmo.

Creemos que la Eucaristía nos une y hermana, pero nuestras convicciones nos adhieren a los que juzgan, murmuran y tienen actitudes enojosas con otros.

Creemos en el mandamiento nuevo del amor. Pero nuestras convicciones nos inclinan a hacernos eco de aquellos que siembran la discordia, el odio y desentendimiento social, agravando más y más lo que nos separa y enfrenta.

Creemos que como discípulos de Cristo caminamos en la luz. Pero nuestras convicciones nos inclinan a trasmitir calumnias, infamias y mentiras, porque el egoísmo quiere mantenerse en sus posiciones, especialmente la de sentirse “gente de bien” y así ahorrarnos todo discernimiento sobre la información que recibimos y no preguntarnos si contribuye al bien común o más bien confirmar la antipatía que tenemos hacia algunos.

La contemplación de la Humanidad de Cristo puede generar en nosotros esa conversión necesaria que unifique nuestra vida, es decir, que nuestras creencias y acciones vayan del todo acordes.

Porque sin esa unidad de vida desacralizamos la Eucaristía, para convertirla en un escudo contra la voluntad de Dios.

Ser cristiano será desarrollar en un proceso relacional que llamamos oración, una total configuración con Él, que tiene su culmen en la participación fructuosa de la Eucaristía, pero que culminará cuando seamos identificados con Jesús Siervo. Así que «Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros» (Dietrich Bonhoeffer).

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.