“María, que desde el principio se había entregado sin reservas a la persona y obra de su Hijo, no podía dejar de volcar sobre la Iglesia esta entrega suya materna… Pues —leemos todavía— asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna ». (RM 40).

La fiesta de la Asunción de María nos invita a contemplar en la Madre del Señor la anticipación del destino glorioso reservado a todos los creyentes, quienes participando por la fe y el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo están llamados a gozar un día de la eterna comunión con Dios...

 

La primera lectura, del libro del Apocalipsis, es una bellísima y esperanzadora reflexión sobre el misterio de la Iglesia y su misión en la historia. Resaltan dos símbolos: el arca de la alianza y la mujer a punto de dar a luz.

La mujer «revestida del sol», es decir, envuelta en la luz de la presencia divina y de las promesas de salvación, simboliza a la Iglesia y a María. Se nos anuncia una gran esperanza: la Iglesia, en medio de las dificultades y pruebas de la historia está llamada a dar a luz al Cristo Resucitado a través del testimonio de una vida en continuo proceso de transformación mediante la atención a la Palabra de Dios, la celebración sacramental, la oración incesante y el vivir y obrar según el evangelio.

También María dio a luz al Hijo de Dios hecho carne, Jesucristo. Él fue rechazado y condenado a muerte de cruz por las fuerzas del mal. Pero resucitado de la muerte da inicio a la nueva vida y a la nueva historia para la humanidad. María participó como primera creyente, por eso es modelo de cada creyente en Cristo y de toda la Iglesia, a la vez que es signo y fuente de esperanza.

San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una visión cristiana de la historia. Toda la humanidad de todos los tiempos, se encaminan hacia Cristo Resucitado «nuevo Adán», principio de la nueva humanidad. La vida de Cristo Resucitado es la vocación eterna de todo hombre.

El evangelio nos lleva al misterio de la Visitación de María a su parienta Isabel. Sorprende semejante evangelio para esta fiesta de la Asunción. Pero en verdad no podía ser más adecuado. Porque este misterio que hoy celebramos en María, y al que también llegaremos, se realiza en la cotidianeidad, en las cosas más sencillas y comunes que cualquier persona puede vivir, sostenidos por la esperanza en el designio de Dios.

Lo más importante que se nos dice es que el protagonista de la historia: el Hijo de Dios hecho carne, está escondido, es invisible, no ausente y sobre todo su acción sigue siendo eficaz.

La eficacia de esta presencia invisible se manifiesta a través de la actitud de María que secunda las mociones del Espíritu Santo. Se nos dice que apenas María recibió el anuncio de la Encarnación, «partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá».

Esta fidelidad de María tiene su fruto porque al entrar en casa de sus familiares «Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno».

Efectivamente, el Espíritu Santo, el Espíritu que dona Cristo, se comunicó a Isabel hasta lo más profundo de su ser y afectó incluso a Juan Bautista que está en el seno de su madre. Y con el Espíritu se derramó la alegría.

Que no se nos pase por alto que ambas mujeres van a ser madres desde lo humanamente imposible: María, es madre virgen. Isabel una anciana estéril. Y aquí hay otra proclamación de nuestra esperanza para el caminar diario de nuestra historia. Es evidente que la vida que nace de Dios, rompe todas las leyes naturales, supera nuestros cálculos, nos sorprende irrumpiendo con fuerza allí donde nosotros no creíamos que hubiese posibilidades.

Por eso el evangelio nos anticipa que este encuentro de ambas mujeres, es anticipo de cada encuentro de Dios con los hombres en la historia. Un encuentro que es acogido con Fe y que inunda de alegría y esperanza porque el Señor que siempre está presente nos da su Espíritu para caminar bajo su amorosa mirada entre las luces y oscuridades de nuestra historia.

Por eso María canta y la Iglesia lo hace, cada tarde, con las mismas palabras de María. Canta las grandezas y la misericordia entrañable de Dios que mira con amor la pequeñez de sus creaturas. Canta la intervención salvífica de Dios en nuestra historia cambiando aquello que parecía que siempre sería igual, que parecía tener la fuerza para hacer el mundo de determinada manera, un mundo de miserias y desesperanzas para muchos.

La fe de María le ha permitido percibir que su experiencia personal no es exclusiva para Ella, es para todo creyente. Esta experiencia le ha permitido descubrir cómo Dios actúa en el mundo, cómo hace nuevas todas las cosas, cómo su amor misericordioso se extiende de generación en generación sobre los que lo temen, es decir, lo toman en serio, y lo aman.

Hoy celebramos lo que Dios hizo en María, celebramos que esta promesa que Dios se extiende a nuestra Iglesia y a nuestro mundo.

Hoy celebramos que María, asunta en cuerpo y alma al cielo, ya participa plenamente de la victoria pascual de su hijo Jesucristo. Y esto nos estimula a vivir como Ella, llenos de esperanza en la acción escondida pero muy eficaz de Dios en nuestro mundo, en nuestra historia, cantando con María cómo la fuerza transformadora de la misericordia entrañable de nuestro Dios hace presente en nosotros la victoria total de Cristo crucificado y resucitado para nuestra salvación.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.