Llegamos al final del capítulo sexto del evangelio de Juan. Hemos tenido una nueva oportunidad de contemplar qué significa participar de la Eucaristía. Ahora en el diálogo final, Jesús nos coloca ante la necesidad de hacer una opción definitiva: quedarse definitivamente con Él o abandonarlo. La mayoría de los oyentes lo abandonó en ese momento: no estaban dispuestos a amar como Él propone: hasta darnos en cuerpo y alma a los demás.

Hay diferentes formas de abandonarlo. La más radical es la de olvidarnos de todo lo que hace referencia a Jesús y al Evangelio. También hay formas más sutiles, como relegar la experiencia de Dios a un individualismo que no se note y que no influya absolutamente nada en la vida de cada día. Otra forma de abandonarlo será una religiosidad que se saca a pasear en ocasiones como eventos religiosos y situaciones de dificultad como el miedo ante la enfermedad o la muerte...

 

Son formas cómoda de vivir lo religioso, que nos hace contemporizar con todo el mundo, pero alejándonos frecuentemente de los valores del Evangelio. Esto que no tiene nada que ver con Jesucristo.

Quedarse con Jesús es creer en Él. La fe no es un agregado extra a nuestra vida, complicándola más todavía. La fe en Jesús es una forma diferente de ser y de vivir, que llena de gozo, alegría y esperanza al creyente. Es abrirse a una visión nueva de toda la realidad.

La fe en Jesús es mucho más que un asentimiento mental, creer y vivir como Él no se limita a nuestra exterioridad. Necesitamos alimentarnos de Jesús. Él es el verdadero pan del cielo. Un pan que tenemos que digerirlo, haciendo nuestra su vida y su Evangelio.

El pan de la Eucaristía nos une a Jesús, nos da fuerzas y nos sostiene en el camino de la vida. No podemos prescindir de Jesús, de experimentar cada día su cercanía y amor. Sabemos que nunca estamos solos. Él nos acompaña hasta la meta final hermanándonos con todos los que encontramos en el camino de la vida.

Tenemos que cuidarnos de no tergiversar la Eucaristía haciéndola un acto privado, porque nuestro egoísmo camuflado no soporta lo que la Eucaristía implica. Repasemos todo lo que nos fue diciendo este capítulo sexto de Juan lo qué significa participar de la mesa de la Eucaristía: olvido de sí, acogida de todos sin excepción, compasión, agradecimiento, compartir, servicio total. Junto a ello: creer, confiar, acoger en nosotros a Jesucristo. Esto significa atender si creemos en su Humanidad. Es más difícil que creer en su Divinidad. Porque creer en su Humanidad nos exige una nueva atención sobre todo lo humano. Una atención nula o débil a la Humanidad de Cristo es a la vez poca atención a nuestra humanidad y a la humanidad del otro. Creer en su Humanidad sanará nuestra división interior que hace que creamos una cosa y actuemos por convicciones diferentes a la fe que decimos tener.

En resumen: la mesa de la Eucaristía nos compromete a hacer nuestro el Evangelio, nuestros los sentimientos y el comportamiento de Jesús. Esto pide establecer unas relaciones nuevas en todos los ámbitos de nuestra vida. En las relaciones interpersonales, en el mundo del trabajo, en el modo de entender el amor y la familia. El modelo lo tenemos en el Jesús que nos ama y que ama a la Iglesia y al mundo hasta dar la vida. Él nos impulsa a luchar por un mundo más humano y haciéndolo más humano lo hacemos más de Dios.

Santa Teresa comentando el Padrenuestro entiende el don de la Eucaristía como el alimento que necesitamos para poder realizar a diario, la voluntad del Padre, lo que la Eucaristía nos compromete. Esa una muestra más del amor hasta el extremo de Jesús que se compadece profundamente de nuestra debilidad, y en la Eucaristía manifiesta la permanencia de ese amor:

“Pues entendiendo, como he dicho, el buen Jesús cuán dificultosa cosa era ésta que ofrece por nosotros, conociendo nuestra flaqueza y que muchas veces hacemos entender que no entendemos cuál es la voluntad del Señor -como somos flacos y El tan piadoso-, y que era menester medio, porque dejar de dar lo dado vio que en ninguna manera nos conviene, porque está en ello toda nuestra ganancia… Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene, y en su nombre y en el de sus hermanos pidió esta petición: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor».

¡Oh Señor eterno! ¿Cómo aceptáis tal petición? ¿Cómo lo consentís? No miréis su amor, que a trueco de hacer cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos. Es vuestro de mirar, Señor mío, ya que a vuestro Hijo no se le pone cosa delante, por qué ha de ser todo nuestro bien a su costa. ¿Porque calla a todo y no sabe hablar por sí sino por nosotros?” (Camino de Perfección 33, 1-4).

Verdaderamente nosotros tenemos que hacer nuestra la respuesta de Pedro ante la pregunta de Jesús: «Señor, a quién iremos. Solamente tú tienes palabras de vida eterna».

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.