Después de escuchar por cinco domingos el capítulo sexto del evangelio de Juan, donde se nos ofrecía nuevamente la posibilidad de contemplar qué significa la participación de la Eucaristía, volvemos hoy al evangelio de Marcos. Estamos en el capítulo séptimo. Aquí se nos presenta una dura confrontación entre los pretensiosos escribas y fariseos por un lado y por otro Jesús y sus discípulos.

Los fariseos y los escribas vienen a confrontar a Jesús porque sus discípulos no cumplen con las normas de pureza legal, es decir, de separación. Así que lo que van a plantear no es una cuestión alimentaria ni de higiene. Lo que vienen a plantear es una cuestión básica de convivencia humana...

 

Escribas y fariseos mantienen un muro de protección que les permita vivir en «santidad y pureza legal», es decir como grupo que se puede atribuir a sí mismo ser “gente de bien” y por tanto se consideran irreprochables ante Dios. Es cierto que son muy escrupulosos con el pecado, en todos los aspectos de su vida lo ven; pero también es cierto que cuando la palabra de Dios los llama a la conversión se sienten exceptuados.

Jesús no está de ese lado del muro de los escribas y fariseos Él ha compartido la comida en descampado y con toda clase de personas, sin sujetarse a las normas de pureza o separación. Jesús se ha dejado tocar y ha tocado a los impuros (enfermos).

Los discípulos que comen con las manos impuras (no la suciedad común de las manos, sino la legal), han comprendido las enseñanzas de Jesús, y saben que lo que importa es el pan compartido, no la separación de los hombres.

Escribas y fariseos sostienen que se pone en entredicho las enseñanzas legadas por los mayores, que para ellos parecen indiscutibles. Pero es evidente que Jesús ha roto el muro que levantaron los antepasados: Jesús sabe bien que las obras de los hombres siempre son imperfectas y que no expresan convenientemente el querer de Dios.

Los fariseos quieren hacer creer que está en juego la moral que viene de la Ley divina, pero en realidad están desafiando la voluntad de Dios al dividir, separar y alejar a los hombres entre sí. Pues Dios es Padre de todos que quiere que todos sus hijos, como una grande y única familia se siente en la mesa común de la fiesta del amor divino.

La respuesta de Jesús al cuestionamiento de escribas y fariseos es demoledora. Citando al profeta Isaías les hace ver que su supuesta fidelidad es una total incoherencia; que pretenden cumplir la ley de Dios pero olvidando el buen corazón. Jesús como intérprete absoluto de la Sagrada Escritura desmiente la supuesta vinculación de Dios con esta manera de pensar y actuar que separa y divide a los hombres y deja en claro que todos los hombres está llamados a vivir en la más absoluta y radical fraternidad en la que no exista ni la más mínima de las separaciones.

La cita del profeta Isaías que usa Jesús es muy iluminadora: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí». E inmediatamente les señala que lo que ellos hacen no es divino sino puramente humano. «Las doctrinas que ustedes enseñan son preceptos humanos» «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres». Nunca debemos olvidar que aquello con que expresamos nuestro culto a Dios o la forma en que concretamos su voluntad es creación humana. Y que por esta creación humana solemos descuidar la voluntad de Dios.

Volvamos a esa expresión de Isaías: “pero su corazón está lejos de mí”. Suele suceder que muchas prácticas religiosas nos alejan de nuestro interior, de estar en contacto con nosotros mismos. Es entonces que nos llenamos de prácticas religiosas que nos alejan de nuestro interior, de cosas que duelen, avergüenzan, de sentimientos de soledad y tristeza. Por eso queremos mantenernos lejos a través de múltiples gestos religiosos, recargados, caracterizados por la rigidez y que se expresa en intolerancia hacia uno mismo, y hacia los demás: queremos controlar tanto lo que nos pasa que no toleramos la libertad del otro. Y sentimos que quien no lo hace amenaza nuestro sistema de control. Los gestos y costumbres “piadosas” se distorsionan así convirtiéndose en sustitutos de nuestra interioridad, y nos permiten escapar de nuestra verdad. Todo eso les impide pensar, sentir y querer desde sí mismas.

Esta forma de práctica religiosa ha dejado de ser mediación, es decir, lo que debe ser, para convertirse en un fin en sí mismo, una posesión que como tal impide la experiencia y el encuentro con Dios porque impide la Fe, la Esperanza y la Caridad.

La fe en Jesús, la pertenencia a la Iglesia, los actos de piedad tienen la finalidad de ayudarnos a la par de encontrarnos con Dios, ayudarnos a crecer y a procesar la vida. Cuando esto falta, entonces tengamos la seguridad que tampoco hemos encontrado a Dios.

El camino que libera de toda esta rigidez es el camino de una sana interioridad que discierne, qué ayuda o qué impide adentrarse en el palacio divino, qué es valioso o me hace escapar de mi verdad, qué me une o qué me separa de los demás, porque primero lo hizo conmigo mismo. Y a eso hay que agregar una verdadera alegría que ensancha el corazón.

Sin contacto vital con la persona de Jesucristo es imposible conocer realmente a Dios, pues sin interioridad y sin oración no es posible vivir el evangelio.

Una sana interioridad implica el conocimiento de sí mismo. El conocimiento propio permite sumergirse en la propia identidad, y desde esta ahondar en la propia verdad. Sólo así se puede ir ahondando en un mayor conocimiento de Dios. La repercusión más notable es que puede conocer mejor el misterio del otro, vincularse con él desde el amor, y esto sin necesidad de que el otro justifique o “merezca” ese vínculo, y desde este amor actuar, de modo constructivo, para cambiar profundamente el mundo.

Solo estando con Él podemos asumir su estilo de vida, su entrega apasionada al Padre y a la humanidad. La oración-trato de amistad permitirá que Jesucristo penetre al discípulo con su fuerza humanizadora-divinizadora que cambia al hombre y capacita a este para un amor capaz de entrar en la construcción de su Reino.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.