La palabra de Dios de este domingo proclama la obra salvadora de Dios invitándonos a abrirnos confiados a un horizonte de vida y de plenitud sin límites.

Después de la polémica con los escribas y fariseos promotores de una fe sin encuentro con Dios, porque la multiplicidad de preceptos que se autoimponen impide el encuentro con uno mismo, ahora nos encontramos a Jesús realizando una curación muy significativa: la del sordo con dificultades en el hablar.

Subrayemos primero que Jesús cura porque es compasivo, porque le importa el sufrimiento de la gente. Sus acciones muestran su corazón, a través del cual vemos “los sentimientos de Dios”. Vivir a fondo una fe sana y auténtica implica conocer y acoger en nosotros el amor de Dios en el corazón de Jesús...

 

Para el pueblo de Jesús, el hecho de que una persona fuera sorda o muda o ciega, no tenía solo un problema de salud sino, sobre todo, un problema religioso. En los profetas, la ceguera y la sordera son símbolos de resistencia a la palabra de Dios.

Ahora en el evangelio la sordera y la dificultad del habla son símbolos de la incomprensión y resistencia al mensaje de Jesús. Los discípulos de Jesús, de antes y de ahora, no comprenden el evangelio y por lo tanto, no pueden trasmitirlo correctamente, pues lo “hablan mal”.

Y esto porque todo ser humano, tiende a cerrarse. Probablemente, porque eso le aporta una sensación de seguridad, al creer que mantiene el control sobre el pequeño espacio al que se ha reducido.

Unos hombres llevan a este enfermo a Jesús y le piden que le imponga las manos. Pero Jesús ve que este hombre está como blindado en su sordera. Por eso tiene que trabajar bastante. Primero «lo separa de la multitud y se lo lleva aparte» y ahí se comunica con él de modo que le pueda comprender: con gestos. Separarlo de la gente era separarlo del mundo. El dedo hace referencia al dedo de Dios que actúa con fuerza. La saliva se consideraba como portadora del Espíritu Santo. Pero el elemento decisivo del milagro es la palabra de Jesús: « levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente». Y así sucede las transformación de aquel hombre.

Hoy, mucha gente no escucha pero habla sin parar, porque es más fácil hablar que escuchar.

Y los creyentes en Cristo no somos la excepción, somos sordos. Es que solo ponemos el oído y descuidadamente porque ya lo sabemos todo y esperamos las explicaciones de siempre que nos confirmen en nuestra idea. De ahí que también “hablemos con dificultad” o directamente mal, no seamos capaces de expresar en palabras y gestos nuestra fe.

Pero si escucháramos la frescura del evangelio como novedad, entonces tocaría la vida y de aquellos con quienes nos comunicamos. Además escucharíamos el clamor del que necesita ser oído.

Difícilmente podremos escuchar a los otros sino hemos escuchado a Dios en la oración silenciosa.

¿Cómo escuchar al Señor en la oración silenciosa?

La Regla del Carmelo que ha inspirado a todos los santos carmelitas nos da una respuesta precisa: “Permanezca cada uno en su celda, meditando día y noche en la Ley del Señor y velando en oración”.

Lo que nos aconseja la Regla carmelitana es el camino del recogimiento interior, a cerrar las puertas de nuestros sentidos, es decir, de todo aquello que además de superficial nos evade de nosotros mismos. Entonces comienza la escucha. Sucede cuando tomamos conciencia de que Dios se dirige a nosotros, y que su palabra apunta a nuestra existencia, a nuestra vida cotidiana y nos interpela desde el amor infinito que nos tiene. Recién en ese momento se puede responder: acogiendo en lo más profundo del corazón esa palabra con amorosa atención y respondiéndola desde esa misma profundidad del corazón, esa es la oración. La escucha sucede porque la oración nos brinda el clima de amorosa acogida a Cristo que nos habla, que actúa a través de la Sagrada Escritura. El silencio y recogimiento nos reaniman desde el interior permitiendo que confrontemos nuestra vida con el evangelio, entonces la palabra de Dios se vuelve Buena Noticia de Salvación y no meros datos que satisfacen nuestra curiosidad o un código de propuestas ideales inalcanzables.

Desde aquí somos realmente capaces de escuchar al otro y ofrecerle palabras buenas que iluminen y llenen de esperanza y sentido su vida. La oración silenciosa nos va capacitando para acoger al otro en el silencio que permite entrar en comunión con el otro, de lo contrario estaríamos en la espiral vanidosa de querer tener respuesta a todo sin importarnos realmente lo que lo otro le sucede; además no tendríamos libertad interior para hablar desde el amor verdadero sino que nos quedaríamos en el plano de la superficialidad.

Ahora entendemos que lo que se abre a la palabra de Jesús «Effeta» no es simplemente el “oído”, sino el ser de la persona. Ese abrirse es una recreación del hombre desde dentro de sí.

Por eso podemos exclamar con gozo, como los testigos de este milagro: «Todo lo ha hecho bien» es el cumplimiento de las promesas de los profetas que se cristaliza en la bondad de Jesús, manifestación primera del amor.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.