Después de curar nuestra sordera en la persona que algunos llevaron al encuentro de Jesús, hoy el Señor nos hará una pregunta clave, vital para nuestra existencia, para la autenticidad, profundidad e irradiación de nuestra fe.

Prestemos atención. San Marcos comienza diciendo «en el camino les preguntó…». No es un dato anecdótico, es una indicación que tenemos que asumir. A Jesús no se lo entiende “acomodados” en nuestras percepciones a la distancia, sino “caminando” con Él. Por quedarnos “acomodados” en nuestras seguridades teológicas, sabemos decir muchas cosas exactas sobre Jesús, pero que no tienen repercusión en nuestra vida diaria...

 

Los primeros cristianos lo entendieron muy bien, por eso conservaron el recuerdo de este acontecimiento. Entendían bien que cada cristiano y la Iglesia entera tienen que hacerse a diario esta pregunta que un día hizo Jesús a sus primeros discípulos.

Para eso el Maestro preparó el terreno. Comenzó preguntando la opinión de la gente. Ciertamente que no está haciendo un sondeo de cuál es su imagen ante el pueblo. Nada de eso. La pregunta que hace y las respuestas que recoge muestran una fina pedagógica. Con eso nos dice que no se puede conocer a Jesús desde la distancia, ni desde las impresiones o expectativas que uno tiene puestas sobre Él. La gente dio buenas respuestas, es decir, lo valoran, pero eso no basta. No han podido calar en el corazón de Jesús. Ahora se entiende porqué razón del entusiasmo primero pasaron a la incertidumbre y después al abandono y al rechazo por lo que pidieron su muerte en la cruz.

Y enseguida Jesús hace la pregunta a sus propios discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?». La respuesta de Pedro es exacta: «Tú eres el Mesías». Es cierto. El apóstol ha dicho una gran verdad. Pero eso ¿es suficiente?

Veamos que respondemos nosotros. Me valgo de las respuestas de diversos creyentes que participan de cursos, retiros y encuentros de espiritualidad, que son catequistas o agentes pastorales. Fácilmente todos dice «Jesús es Dios», pero ¿qué hacemos con su «divinidad». ¿Amamos a Jesús sobre todas las cosas o está nuestro corazón ocupado por otros dioses en los que buscamos seguridad, bienestar o prestigio? ¿Para qué sirve confesar la «divinidad» de Jesús si luego apenas significa algo en nuestras vidas?

Agregamos enseguida que «es verdadero hombre también». Y así es. Pero ¿asumimos en nosotros querer ser humanos como Él? ¿Aceptamos que hay que vivir procesos de crecimiento para ser plenamente humanos? Más bien estamos ansiosos por tener todo controlado en nuestra vida.

También decimos «Jesús nuestro Señor», pero, ¿es él quien dirige nuestra vida? La palabra de Dios nos mostró hace unos domingos que tenemos unas creencias pero a diario nos movemos por unas convicciones que no tienen nada que ver con nuestras creencias.

Lo llamamos «Jesucristo» o solo «Cristo», que es el equivalente de «Mesías», el Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad, pero, ¿qué hacemos para hacer presente «su Reino» es decir, un mundo más humano siguiendo sus pasos y enseñanzas?

Y también decimos que «Jesús es la Palabra de Dios hecha carne», es decir, Dios hablándonos en la «carne», los gestos, las palabras y la vida entera de Jesús. Si es así, ¿por qué dedicamos tan poco tiempo a leer, meditar y profundizar por el estudio su evangelio y así practicarlo?

Así que la pregunta «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?», se refiere a su identidad más profunda y a la vez nos pide que revisemos nuestra relación con Él.

Santa Teresa es verdadera maestra de todo esto desde su propia experiencia. Supo que se puede crecer personalmente en la fe en el ambiente que sea. Sabe y enseña que de nada sirve una fe y una oración si no motivan el seguimiento de Jesús. Seguirlo es dejarse conducir, dejarse llevar de su mano, apoyarse en Él; es dejarse hacer por Él, con la sencillez y docilidad del niño, así se va expandiendo la vida nueva que de Él procede y a través del discípulo a la Iglesia.

Por eso Teresa comprende que es necesaria la constante referencia a Jesucristo. Para inspirarse, dejarse enseñar, motivarse a cambiar, dar los pasos que se requieran y concretar un modo de vivir encarnado en el mejor modelo de Humano. “Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudiereis no estéis sin tan buen amigo.

De este modo, Jesús “entra a vivir” en el corazón del creyente Es Jesús mismo quien unifica la oración y la vida de cada orante

Necesitamos hacer diariamente esta experiencia. De lo contrario seguiremos perdiendo credibilidad al hablar de nuestra fe.

Jesús debe ser el sentido, el fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. Seremos testigos creíbles: si vivimos la misma pasión que Él por el Padre y los hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.