El evangelio de este domingo nos ayuda a profundizar aun más las enseñanzas del domingo pasado.

Otra vez todo sucede en el camino. Ya dijimos que a Jesús se lo comprende caminando con Él, es decir, siguiéndolo. La región que ahora atraviesa es Galilea: es el punto de partida del camino de Jesús, y en la mañana de Pascua el ángel que anuncia la resurrección indicará la necesidad de regresar a Galilea para encontrar a Jesús resucitado. Galilea es el lugar donde, asumiendo los mismos gestos, la misma bondad, la misma disponibilidad de Jesús, se lo encuentra resucitado. No como una ilusión, no como algo imaginado, sino que su presencia es real, que puede transformar nuestra manera de ser, no mágicamente, sino suavemente...

 

Ahora, el evangelio, señala que Jesús quiere pasar desapercibido. Se debe a que va instruyendo de una manera singular a los discípulos. Esa enseñanza es acerca de su mesianismo y tiene como centro la cruz.

Al llegar a la casa, imagen de la Iglesia, Jesús pregunta a sus discípulos «¿De qué hablaban en el camino?». La respuesta por parte de los discípulos fue un elocuente silencio. Se debe a que sus pensamientos son contrarios a los de Jesús. Ellos hablan de poder e importancia. Él habla de dar la vida.

El domingo pasado el evangelio subrayaba que ante el anuncio de la Pasión los discípulos callaban, tenían miedo de preguntar. Ese miedo indica que entienden muy bien, pero intuyen que sus propias pretensiones de poder y gloria personal se termina.

San Marcos nos subraya lo que Jesús va a decir a continuación. Para eso en primer lugar nos dice que Jesús se sienta, es decir, asume la actitud de un maestro en su cátedra. Lo que va a decir y hacer tiene que quedar bien grabado en el corazón de los oyentes.

A continuación «llamó a los Doce» ¿qué sentido tiene este llamar, si están todos en el mismo lugar? Se trata de una llamada a seguirlo realmente, a vivir un auténtico discipulado, es una invitación a cambiar la mirada y la forma de pensar.

Y afirma: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Así como vivió Jesús, así ha de vivir cada discípulo, cada cristiano.

Esta enseñanza vital choca contra el pensamiento popular de su época que describía al Mesías como el primero, aquel al que todos deberían sometérsele, al que todos debían servir.

Esta enseñanza choca contra nuestra permanente búsqueda de dominar, de determinar que todo marche en la vida como decimos nosotros, pretendemos ser más que los otros. Queremos tener la única palabra verdadera. Y estando al lado de un mesías heroico queremos resarcirnos de nuestros complejos ante la sociedad que cuestiona y burla nuestra fe.

Pero no es esa sociedad la que nos posterga sino el mismo Jesús que elige servir a todos, como si fuera el último.

A continuación Jesús coloca en el centro a un niño y lo abraza. Este gesto no es nada emotivo. Al contrario es un gesto de opción preferencial por los que socialmente no cuentan para nada, como sucedía con los niños en el tiempo de Jesús.

Ser servidor de todos como si se fuera el último. Optar preferencialmente estar con los estigmatizados sociales: este es el mesianismo de Jesús y por tanto es también nuestro camino si queremos permanecer con Jesús.

Esta opción nos reviste profunda humanidad, nos aleja de la dinámica del dominio y explotación y de toda forma de egoísmo

Entendamos bien: se trata de servicio no de servidumbre. El primero humaniza en el amor. El segundo envilece al hombre que se somete a servidumbre por seguir en la búsqueda de sus intereses egoístas, o no acepta el desafío de crecer y madurar para poder ser libre en el camino del amor.

Jesús ha roto completamente nuestra manera egoísta de situarnos ante la vida, una postura muchas veces justificada desde lo religioso.

Poder, triunfalismo, dominación, sometimiento de otros no tiene razón de ser. Servir, comenzando por los más vulnerables: eso nos da el primer lugar en el Reino de Dios. Un servicio como concreción del amor, como aspiración humana a vivir en comunión con los demás.

Lo más insignificante a los ojos de nuestra sociedad ocupa el primer lugar a los ojos de Dios. Y por si fuera poco el Señor ha elegido no estar sentado a la mesa, sino junto a ella como el que sirve.

Este es el único camino que lleva a la felicidad y a la grandeza que busca todo corazón humano. Recorrerlo es experimentar ya la alegría de ser verdaderamente discípulos del Señor.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.