El evangelio de hoy es continuación inmediata del que escuchamos el domingo pasado. Los discípulos han discutido sobre quién es el más importante. Ahora, al deseo de poder agregan el intento de monopolizar a Dios: «No es de los nuestros» dice el apóstol Juan. No solo denota la ambición del grupo sino que también descubrimos sus complejos y resentimientos. En este mismo capítulo nueve de san Marcos, se nos relata que los discípulos no pudieron realizar un exorcismo. Ahora se resienten mucho al ver que alguien que no pertenece al grupo consigue hacerlo. Este supuesto correctivo al desconocido está motivado por el resentimiento, la envidia, los celos. Con el pretexto de mantener afianzado al grupo de Jesús, los discípulos una vez más expresan su anhelo de superioridad...

 

Jesús los ha invitado a seguirlo, a cargar la cruz, a ser servidores como Él. Pero ellos creen más en sus carencias y en sus miedos ante el futuro, por eso quieren dos cosas: resarcirse del pasado y asegurarse un buen futuro.

No son capaces de comprender que por el camino de la superioridad (impulsado por la envidia y el miedo) solo cosecharan mayores males.

Sólo aceptando con humildad el camino humanizante de Jesús alcanzarán lo que anhelan y más también.

La envidia y el miedo nos meten en el terreno de la inseguridad. Para tratar de mantenernos en nuestras posiciones recurriremos a la discordia, el sectarismo, la búsqueda de privilegios y estaremos a favor de los que deterioran la libertad, la concordia y la paz.

Este conjunto constituye el fanatismo. Con el fanatismo llega la intolerancia.

¿Qué es el fanatismo? Es "es la angustia de no tener razón". Tanto la intolerancia como el fanatismo ponen de relieve la propia inseguridad. Una personalidad frágil, no suficientemente integrada se verá necesitada de "seguridades absolutas", que sostengan su precaria e inestable sensación de identidad. Por eso mismo, se verá incapaz de tolerar la disensión, por lo que tenderá a descalificar, juzgar, condenar (o la de obligarse a "convertir") a quien no piense como él. Porque percibe toda diferencia como amenaza. Esta amenaza es la que se esconde detrás de las palabras del apóstol Juan: «No es de los nuestros». Efectivamente, son "los otros" los percibidos como amenaza: porque ponen al descubierto nuestras inconsistencias, porque al pensar diferente o adoptar un comportamiento distinto al propio, nos hacen ver que el nuestro no es el valor "absoluto", sino otro más al lado de tantos. Y esto es lo que una personalidad insegura se ve incapaz de tolerar, por la angustia que le genera la falta de seguridades "absolutas".

San Marcos, nos ofrece hoy una gran catequesis para invertir esos criterios de mesianismo mundano, ideal para esconder complejos y envidias.

El camino de la liberación interior de estos males requiere la gratitud, es decir, capacidad de agradecer por lo se es, lo que se tiene. También exige dejar de ver a los demás como rivales o problemas. Así se abandona la postura sectaria y excluyente que hoy mostraron sus discípulos y se comienza a adoptar una actitud abierta e inclusiva

Nuestro seguimiento de Jesús está llamado a ser testimonio: nuestra vida cristiana es «para que el mundo crea». Pero la otra cara de esta moneda es que el mundo dejará de creer en Jesús si nuestro testimonio no es válido. Y muchos "pequeños" del mundo dejarán de tener acceso a Jesús y al reino por el escándalo de nuestro seguimiento superficial. Eso sucede cuando instrumentalizamos a Jesús para nuestras conveniencias, para nuestras necesidades encubiertas; es entonces que entramos en la vorágine del poder y las rivalidades.

A eso se suma el escándalo a los pequeños. Los “pequeños” que creen en Jesús, son los miembros más débiles de la comunidad. Escandalizar es hacer tropezar, caer, perderse a estos pequeños.

Escandaliza aquel que tiene opciones de vida torcidas para tapar y no procesar sus propia fragilidad. Por eso Jesús las detalla, en un modo de expresarse su propio pueblo, recurriendo a diversas partes del cuerpo humano: la mano, el pie y el ojo.

Si nuestra manera de obrar (mano) nos hace vivir desde y para la ambición, estamos en peligro: es urgente cambiar. Si tomamos un camino equivocado (pie), que no nos lleva detrás de Cristo a la entrega y al servicio, urge modificar el rumbo. Si tus deseos (ojo) se entregan a la codicia y la envidia son antihumanos, no nos llevan al amor servicial a todos, es urgente reorientarlos.

Abandonando esto podemos acceder al seguimiento de Jesucristo. Desde el cual haremos la vida de las personas más humana, más digna y feliz. Estaremos construyendo una Comunidad-Iglesia verdaderamente fraterna, movido por su Espíritu que busca el bien de todos de los hijos de Dios, en especial de los más necesitados.

Haremos que la Iglesia sea una comunidad sin la intolerancia fanática que se expresa en uniformar, imponer, silenciar, excluir. Sanada en sus miembros de la envidia y la intolerancia será capaz de tender puentes, de apreciar el bien que otros hacen, aunque no le pertenezcan, que se llena de alegría por la diversidad, riqueza que Dios crea. En fin, una Iglesia que crea comunión fraterna. Así la Iglesia se llena de gozo y es luz para toda la humanidad. La luz del amor humilde hecho servicio a todos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.