Otra vez el evangelio muestra a Jesús enfrentando la ideología del poder. Esta vez el poder sobre las personas: mujeres y niños, a los que se trataba como objetos de compra, venta, descarte.

Jesús sigue insistiendo que por este camino del poder no es posible mejorar el mundo, no hay que engañarse, como los discípulos, que creen que un poder “para el bien” ayuda. Deja en claro que el poder deshumaniza, descarta, excluye, porque quien ha entrado en la dinámica del poder se ha separado de Dios y solo se preocupa por su interés, su beneficio, en fin, se preocupa de que su egoísmo quede bien seguro y con eso no tener necesidad de convertir el corazón, la mirada, el pensamiento, la vida diaria...

 

Los fariseos se acercan hoy a Jesús para ponerlo a prueba. Lo más extraño de todo es que hacen una pregunta que ya estaba bien respondida por los intérpretes de la ley de Moisés.

Seguramente que quieren desacreditarlo. Se han dado cuenta que muchas mujeres lo siguen con total libertad, que se han salido de los esquemas sociales, culturales y legislativos de aquel momento. Los fariseos también se han dado cuenta que distorsionando la interpretación de las palabras y gestos de Jesús, las calumnias que han difundido sobre Él no han causado el efecto esperado. Ahora intentan desacreditarlo con algo a lo que Jesús no va poder responder de un modo diferente, no va a poder contradecir lo que todos acuerdan sobre el lugar de la mujer y la posibilidad de divorcio únicamente para el hombre. Creen que han puesto a Jesús entre la espada y la pared: quieren que se defina o por la dignidad de la mujer o por la Ley de Moisés.

La respuesta de Jesús además de inteligente, da vuelta las cosas con una respuesta inesperada: «Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?» Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella». Así Jesús evoca el plan originario de Dios. De esta manera Jesús los coloca a ellos entre la espada y la pared, les pide que se definan entre Moisés o Dios. Verdaderamente no se esperaban esto. «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes». El divorcio es una concesión por causa del egoísmo de uno sobre otro, del poder de uno sobre la marginalidad del otro.

Pero en estas palabras de Jesús hay algo muy pero muy importante: distingue entre la voluntad originaria de Dios, que piensa en el bien, la alegría y la paz de los seres humanos, distinguiendo Jesús esa voluntad de las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de esa voluntad de Dios originaria. Con esto coloca la ley de Moisés en su contexto histórico y lo relativiza como una cuestión temporal. La mayoría de la gente pensaban que el Pentateuco era un bloque inmutable y sin fisuras, que nunca se podría desobedecer. De aquí el fundamentalismo que se atiene férreamente a la letra del texto. Los fariseos son los grandes representantes de esta actitud.

Cuando ellos hablan de divorcio de ninguna manera están pensando en el bien de las personas, y menos en el de la mujer, un objeto más de compra para esa época. Recordemos que los matrimonios en ese tiempo no lo elegían los contrayentes sino que era acordado entre el hombre que se quería casar y el padre de la posible esposa. Porque para ellos el matrimonio es un contrato “comercial”, por el que el varón compra y ejerce su poder sobre la mujer, un poder que le permite descartarla cuando quiere y por el motivo que sea.

Las reflexiones legales de los fariseos está en la línea de regular legalmente las cosas, pero a través de leyes que solo están en manos del varón y solo a ellos los benefician, pues le otorgan al varón un poder legal para descartar, excluir, usar a los demás, ya no solo la mujer sino también los niños.

En cambio la respuesta de Jesús, al evocar la voluntad originaria de Dios, recuerda y señala que no vivimos el ideal por el que fuimos creados: la igualdad, la mutualidad, la complementación entre el varón y la mujer.

Y nosotros, teóricamente cristianos, nos mantenemos “bien matriculados” en la escuela de los fariseos, en la que solemos ser los mejores alumnos. Hemos optado por el camino del poder que da rienda suelta a nuestro egoísmo: la búsqueda de placer instantáneo, la falta de compromiso real para madurar constantemente en una relación de amor. Eso lleva a “destrozar” la vida de tantas mujeres que a lo largo de la historia han sido y siguen siendo tratadas como objetos.

Jesús, en toda su predicación del Reino de Dios, llama a la aceptación incondicional del otro, al entendimiento entre todos, al servicio como expresión de amor bien entendido. Todo esto hace que las relaciones humanas, incluso el matrimonio, tengan sus raíces permanentes en el amor verdadero.

De esta manera le niega al varón el poder y el derecho de expulsar a la mujer. Y sitúa así a la pareja en el proyecto originario de Dios: varones y mujeres tienen la oportunidad de unirse en igualdad y entrega mutua, excluido el poder de uno sobre otro.

Pero el Señor también apela a nuestra conciencia, a nuestra dignidad, de manera personal. No hay una ley que aplique a todos los casos por igual.

Por eso en la más plena sintonía con Jesús y su palabra, el papa Francisco ha llamado a todos a discernir la realidad de cada matrimonio, de cada familia. Nuestra tentación farisea es tener normas aplicables a todos sin importarnos las personas.

Aunque muchas familias no realicen plenamente el ideal del matrimonio cristiano, en ellos pueden existir elementos que sí lo son. Por ejemplo en parejas que viven una relación duradera marcada por el cariño mutuo, la vinculación fiel, la responsabilidad y la solicitud recíproca, así como por la atención a los hijos y la buena educación de estos. Por eso no debemos emitir juicios generales, iguales para todos. Y menos que menos ejercer el “poder” de condenar globalmente sobre todos.

Nuestra sociedad que habla mucho de amor, pero desconoce su profundidad y lo reduce a mero sentimiento, que es también una sociedad del descarte, excusándose en que todo es relativo y tiene su fin, necesita ser iluminada por la propuesta de Jesús sobre el proyecto originario de Dios que es el bien del ser humano, que pide la conversión total especialmente de nuestra actitud farisea de poder y de la literalidad fundamentalista interesada para dar rienda suelta al egoísmo.

Pero sobre todo que sea conversión al amor verdadero, al amor de entrega que contemplamos en Jesús crucificado.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.