Una vez más Jesús enseña que la vida cristiana tiene como único camino el del servicio a los demás. Camino que Él ha recorrido, camino en que demostró su amor sirviendo hasta dar la vida. Somos invitados a recorrer este camino con Él, para estrechar nuestra amistad con Jesús, y así ser verdaderos hermanos e hijos de Dios.

Los discípulos siguen insistiendo en el camino del poder. Siguen sin querer comprender la propuesta de Jesús. Ahora dos hermanos, Santiago y Juan, piden un puesto al lado de Jesús. Inauguran el “carrerismo” en la Iglesia. Esta competencia desleal por los mejores lugares solo provoca división y muchísimos más males como la complicidad en el mal y el daño permanente a los más frágiles...

 

Hoy el evangelio subraya una vez más la ironía de la conspiración de los hijos de Zebedeo. Una vez más proponen los criterios del dominio y poder mientras Jesús habla continuamente del don total de la vida y de la entrega generosa de sí mismo por todos. Pero Santiago y Juan no son los únicos. El resto de los discípulos tiene la misma aspiración y se enojan porque los hijos de Zebedeo tomaron la delantera. El deseo de poder echó raíces en el corazón de los discípulos y esto trae la división, el malestar, la murmuración, el enojo. Todo se desvirtúa.

Y pensar que Jesús los ha elegido “para que estuvieran con él y poder enviarlos”, a anunciar el evangelio y sanar a la humanidad, tal como nos recuerda este evangelio de Marcos. Pero ellos siguen esclavos de los esquemas mundanos de poder, que llevan a los hombres a enfrentarse entre sí, creando opresores y oprimidos, dominadores y dominados, aliados y enemigos.

Jesús, revestido de la mansedumbre que lo caracteriza, una vez más intenta cambiar la perspectiva con que los discípulos miran el mundo.

Primero dirigiéndose específicamente a Santiago y Juan, los alerta del peligro de querer seguir realizando las cosas desde el poder: «no saben lo que piden». Cierto que los discípulos no obran así por maldad. Lo suyo es ceguera. Pues por el camino del dominio y el poder sólo se puede cosechar conflictos, el corazón se puede endurecer y comenzar a buscar remedios en la injusticia. Justamente lo que hay que evitar.

A continuación Jesús redobla la confianza en sus discípulos y les hace propuesta de asumir su mirada y el sentido que le da a su vida: «¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?».

Con más buena voluntad que comprendiendo lo que implica la propuesta de Jesús contestan: «Podemos». Adelantándonos en el tiempo, sabemos que la humildad y mansedumbre de Jesús cosecharon el fruto esperado: los discípulos al fin asumieron el camino de Jesús.

Ser discípulo es ofrecer la propia vida y estar dispuesto a entregarla, como Jesús. Es renunciar a todo privilegio personal y a todo tipo de poder, haciendo que la vida entregada por amor se vuelva servicio y vida para los demás. Ser discípulo es compartir “el cáliz”, es decir, la misma vocación del Hijo del hombre, que entrega su vida al Padre en un gesto de amor supremo en favor de todos los hombres y que realiza su misión en el don total de sí mismo.

Después, dándose cuenta de los sentimientos enojosos de los demás discípulos, les propone vivir como Él vive. Es cierto que los criterios de Jesús no son los del mundo ni tienen que usarse en su comunidad: «los gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad».

Y señala el criterio único que debe respirarse en su comunidad: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos».

No son sólo unas palabras lindas, sino que son el fiel reflejo de su vida a favor nuestro. Siendo Dios se hizo nuestro esclavo, desgastó su vida en enseñarnos, con mansedumbre y humildad, de palabra y de obra, la sabiduría que más nos interesa, la sabiduría de la vida, la que nos indica el camino a seguir para encontrar lo que tanto deseamos: el sentido, la alegría de vivir, la felicidad, siempre aquí limitada pero que será plena en la eternidad.

Tenemos mucho que agradecer a Jesús porque vino hasta nosotros enseñándonos el camino de la verdadera vida y felicidad. Y agradecerle también que haya instituido la Eucaristía, memorial de su entrega de amor. No tenemos más que seguirlo.

Somos una Iglesia herida por seguir los caminos del poder, del triunfalismo, de la fascinación por acciones eclesiales completamente anacrónicas, que nos hacen sentir “especiales” pero que también servían para tapar los delitos de aquellos que usaban la Iglesia para hacer carrera y que no vacilaron en pisar la cabeza de tantos hermanos, hundiendo a algunos en la desesperación y el dolor. Llevamos siglos confiando más en nuestro egoísmo que en la propuesta del Evangelio.

Duele mucho porque amamos a la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios a la que pertenecemos. Hoy tenemos la oportunidad de corregir estos errores, pedir perdón por los delitos cometidos, y aprender a ser humildes.

La gran oportunidad de abandonar los esquemas de poder y dominio, que echó raíces en el corazón de los discípulos de Jesús, es lo que acaba de iniciar el Papa Francisco: un sínodo sobre la sinodalidad.

Todo el pueblo de Dios está convocado, por primera vez, a participar en un Sínodo de los obispos. También están invitados a hacer llegar su voz, su reflexión, sus preocupaciones, y su dolor, todos aquellos a los que un día no se los escuchó y se fueron de la Iglesia.

Con Jesús al lado e iluminados por su Espíritu tendremos la oportunidad de construir la Iglesia “hogar-familia” que estamos llamados a ser. Tenemos la posibilidad de recuperar la esencia de la comunidad cristiana que es la comunión, no la exclusión, esto último tan propio de los que confían en el criterio mundano del poder.

Aprender de Jesús y con Él a ser servidores unos de otros, en la mansedumbre y la humildad, porque servicio y sinodalidad van de la mano. Servir para ser receptores de comunión que crea el Espíritu de Jesús; sinodalidad para ser comunión en el caminar juntos.

Así fue la vida y la acción de Jesús «que no vino a ser servido sino a servir» hasta dar la vida, no a exigir que otros le rindan homenaje.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

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