El evangelio de hoy cierra una importante sección de la singular enseñanza de Jesús a sus discípulos. Una enseñanza marcada por el viaje definitivo de Jesús a Jerusalén.

En esta singular instrucción Jesús ha ido formando a los discípulos sobre diversos temas: les ha pedido que tengan cuidado de la ambición de poder, que se cuiden de escandalizar a los pequeños, que se pongan del lado de los débiles, que compartan los bienes. Ha hablado de su vida como servicio y los ha llamado a entregar la propia vida, como Él lo hace cada día y lo hará en Jerusalén...

 

Pero los discípulos han puesto a prueba la paciencia de Jesús: se han mostrado ciegos; de ideas recurrentes sobre el poder. Jesús, ante esta actitud de los discípulos, se ha expresado con mansedumbre y ha repetido una y otra vez, pacientemente, su enseñanza.

Hoy a la salida de Jericó, se encuentra con un ciego que grita desde la profundidad de su miseria. Muchos quisieron silenciarlo, pero Jesús lo escuchó, lo hizo traer y le dio la salvación.

Bartimeo era un ciego que pedía limosnas, de eso vivía. Esto evidencia que nadie se hacía cargo de él, por eso sobrevivía como podía. Es que la enfermedad en tiempo de Jesús era algo más que físico, era también una cuestión social. Quien padecía cualquier dolencia o discapacidad era considerado impuro y por tanto se lo excluía de la vida de la familia y del pueblo.

Bartimeo está sentado junto al camino: lugar que expresa no solo un espacio físico, sino su condición marginal. Pero hay algo más. Cuando Jesús narró la parábola del sembrador señaló que la semilla del evangelio que cae al borde del camino no germina, el suelo es demasiado duro para recibir esa semilla. Así que Bartimeo, curiosamente, está representando a todo discípulo de Jesús que se resiste al Evangelio; que por más que es instruido una y otra vez, sigue con la misma visión mundana que Jesús quiere cambiar.

El ciego clama desde lo profundo de su dolor, necesidad y miseria «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!».

Los discípulos y quienes rodean a Jesús, aferrados a la idea del poder, quieren silenciar la voz de las víctimas, de los sufrientes, de los excluidos.

Pero Jesús escuchó y toma una decisión importante: les pide a quienes lo acompañan que lo traigan al camino, que lo rescaten del espacio de exclusión y marginalidad en el que está confinado. Este es el primer paso de inclusión y restauración social para esta persona. Y a la vez es motivar la acción de los discípulos hacia el servicio no hacia el poder.

Jesús no es prepotente para dar por supuesta la necesidad del ciego. Lo quiere escuchar. Jesús es servidor por eso pregunta al ciego por su necesidad, porque reconoce su dignidad y no tiene miedo de sentirse afectado por la expresión del sufrimiento e impotencia que vive Bartimeo.

«¿Qué quieres que haga por ti?», le dice Jesús, es la misma pregunta que le hizo a Santiago y a Juan cuando pedían un lugar a cada lado de Jesús.

Bartimeo respondió desde su más profunda necesidad, no desde la ambición como hicieron los apóstoles Santiago y Juan.

Jesús le concede lo que pide, le concede ver. Pero el evangelio precisa que esto mucho más que un milagro físico. Las palabras de Jesús muestra que esto va más allá de un problema de salud: «Vete, tu fe te ha salvado». Jesús evidencia la misericordiosa acción divina que quiere salvar, liberar, recuperar la vida de quien sufre y está hundido por el mal. Por eso los evangelios relatan tan discretamente los milagros, porque quieren ayudarnos a descubrir a Dios en ellos y vincularnos a su Reino, es decir, a su proyecto de nueva humanidad.

«Vete, tu fe te ha salvado», porque no se trata solo de poder ver con los ojos del cuerpo sino de poder ver con los ojos del corazón, es decir, de la misma manera que mira Dios.

Es lo que pretende Jesús con su enseñanza a sus obstinados discípulos, que miren la realidad con el corazón, que abandonen los criterios mundanos del poder que es injusto, que excluye, que usa la violencia, en fin, que perpetúa el sufrimiento de las personas.

Cuando Bartimeo experimenta la salvación de Dios, que lo sana como persona y lo incluye de nuevo con su entorno, no vuelve a su lugar al borde del camino, sino que va detrás de Jesús como discípulo verdadero: «lo siguió por el camino».

Volvamos a las palabras que Bartimeo dirige al Señor: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Es una auténtica oración. Con ella pide insistentemente a Jesús que se compadezca de él. Así debemos procede cuando no acabamos de entender, o no somos capaces de practicar lo que Jesús enseña. Orar insistentemente, desde lo más profundo del corazón, para que seamos capaces de ver y de seguirlo incluso en los momentos más difíciles.

La oración también tiene que ir unida a gestos auténticos. Bartimeo «soltó el manto» antes de acercarse a Jesús. ¿qué significa este detalle? No es anecdótico. Recuerda la actitud de los discípulos al ser llamados por Jesús que «dejando las redes, lo siguieron». Pero también significa algo más. El manto es figura de la persona misma; Bartimeo deja a un lado, de algún modo, su vida o su persona. Con este gesto se nos indica que el ciego, cumple ahora las condiciones del discipulado de Jesús: renuncia a la ambición de poder y acepta el camino de Jesús hasta las últimas consecuencias.

Jesús, luz para los hombres, es recibido por los sufridos marginales y rechazado por aquellos que solo están con Jesús por apariencia, es decir, están junto a Él no porque les interese su camino sino para obtener prestigio, poder y gloria.

Bartimeo nos marca la pauta del discipulado: orar desde lo profundo de nuestra verdad, dejar de lado nuestra manera de vivir, renunciar a nuestras ambiciones y seguir a Jesús por el camino.

Este es el verdadero discípulo, la del que funda su vida en el poder de la misericordia que transforma la vida de las personas.

San Marcos no vuelve a hablar más de este ciego, como tampoco habla otros enfermos sanados por Jesús. Sin embargo estas personas son ya indicadores de la fecundidad del Evangelio. Aunque pareciera una semilla insignificante, se abrirá camino dando una cosecha admirable.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.