El evangelio de hoy nos sitúa en Jerusalén, después de la entrada solemne que realizó Jesús. Nos encontramos en los últimos días de la vida terrena de Jesús.

Las autoridades de su pueblo se confrontan con Jesús constantemente, le hacen planteos y preguntas maliciosas con la intención de desacreditarlo ante la gente y poder encontrar alguna causa para detenerlo y condenarlo...

 

Pero ahora quien se acerca a Jesús es un maestro de la Ley que es sincero y tiene buena intención. Quiere saber por aquello que sintetiza la respuesta al don de la fe: «¿cuál es el mandamiento más importante?»

Jesús responde en primer lugar con la oración que todo judío piadoso ha rezado esa mañana: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado».

A continuación, Jesús agrega algo que no le fue preguntado: «El segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esta es la síntesis de la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la vida.

Esto ha sido la constante en la vida y el ministerio de Jesús, el fundamento del amor no es el deseo del hombre, sino el don de Dios, revelado en Jesucristo: el amor de Dios busca y ayuda gratuitamente a los hombres.

En Jesucristo Dios se revela, como amor gratuito e incondicional. Un Dios que perdona misericordiosamente y en la total gratuidad. Un Dios que ama a los pequeños, los pobres, los débiles y expulsados del sistema, con un amor de preferencia.

Éste es el amor que vemos en la entrega de Jesús a favor de los enfermos, oprimidos, alienados, desgarrados interiormente, pecadores. Es el amor que se expresa en la ofrenda de su vida, en su persona elevada en la cruz.

Los fariseos de aquel entonces, y muchos cristianos de hoy y de todos los tiempos encaran una búsqueda algo desorientada, que si bien su meta es buena, su camino es peligroso porque siempre termina en un refinado egoísmo: el amor de Dios no comienza siendo búsqueda de nuestra perfección, no es deseo de la propia exaltación, no es el deseo de ganarse el cielo.

Amar a Dios es ,antes que nada, acoger agradecidos ese amor que nos manifiesta, es confiar, es cultivar su amistad. El amor comienza siendo un regalo, es el don de Dios que funda y sostiene nuestra vida.

De aquí nace el amor del prójimo, de aquí que Jesús señalara «El segundo mandamiento es semejante al primero»: así como Dios no selecciona a quienes amar, sino que ama a todos sin distinción, porque Él, Dios es amor, de la misma manera el creyente: “el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio…” (Benedicto XVI «Dios es amor»).

Santa Teresa tiene claro que la experiencia del amor de Dios cuando es verdadera genera el amor del prójimo: «si no es naciendo de raíz del amor de Dios, no llegaremos a tener con perfección el del prójimo».

Así como el vínculo con Dios comienza acogiendo en nosotros su amor gratuito e incondicional, es decir, comprender que Dios me ama. El siguiente paso es reconocer a los otros como hermanos. Es el corazón de la fe.

La pregunta del doctor de la Ley es una importante guía para nosotros hoy: ¿qué es lo primero y más importante? Podríamos continuar diciéndonos a nosotros mismos ¿qué es lo esencial para vivir como creyentes en Cristo? La respuesta de Jesús es clarísima: no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter moral o disciplinar, o todo lo referente el culto religioso, descuidando lo esencial. No podemos desconocer que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestra fidelidad a Jesús.

Así que el amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es una «norma» más, perdida entre otras más o menos importantes. «Amar» es la única forma sana y santa de vivir para Dios y para los amados de Dios, es decir, el prójimo. Desde la palabra de Jesús queda claro que no es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

El amor es lo que expresa nuestra condición de imagen y semejanza divina, es decir, el amor es lo que nos constituye humanos.

Recordemos la enseñanza de Jesús en la Última Cena, la que imparte al instituir la Eucaristía: seremos suyos, su verdadera comunidad de discípulos cuando nos distingamos por la capacidad de amar como amaba Él. Este y sólo este es el distintivo cristiano.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.