Cada vez que celebramos la Eucaristía fundamentamos nuestra esperanza de participar del destino glorioso de Jesús. Cada vez que celebramos la Eucaristía fundamentamos nuestra esperanza de que toda situación sin salida tiene un punto final puesto por Dios: la venida del Hijo del Hombre.

El cristiano vive en la historia con la esperanza del regreso del Señor, el cual coincide con la renovación radical de este mundo. Y esta esperanza de la vida futura, y esta esperanza de la llegada del Hijo del Hombre alienta nuestro compromiso, anima nuestra paciencia, impulsa nuestra entrega haciéndola cada vez mayor, nos sostiene en medio de las contrariedades sufridas por obrar el bien...

 

Suele asustarnos un evangelio como el de hoy al leerlo literalmente. Contribuye a este terror la predicación de las sectas que siempre hablan del fin del mundo, que hasta ponen fecha y nunca desisten por más que el pronóstico siempre les falla. También han contribuido el cine y la televisión con la creación de ficciones terroríficas y catastróficas del destino del mundo y pretendiendo fundamentar esto en la Palabra de Dios. Pero la Palabra de Dios tiene otro interés: alimentar nuestra esperanza.

No se habla del fin del mundo, ni de su destrucción. El "hijo del hombre" viene para un juicio de salvación a favor de aquellos que lo han aceptado en sus vidas y han vivido según su proyecto. El Nuevo Testamento habla mucho del final del mundo y del quehacer humano, pero no como destrucción, sino como encuentro con Jesús, Señor y Juez de la humanidad. Mientras esperamos la segunda venida del Señor, vivimos con alegre confianza y con serena vigilancia, acogiendo el reino de Dios en el hoy de cada día.

Está claro que el tema fundamental del Evangelio no es el fin del mundo, sino la venida del Hijo del Hombre.

Pero mientras vuelve el Señor, ¿cómo deben comportarse los cristianos? Deben vivir en actitud de vigilancia y de discernimiento. La parábola del evangelio de hoy es precisamente una invitación a discernir los signos de los tiempos. Cuando las ramas de la higuera se ponen tiernas y brotan sus hojas se puede decir que «se acerca el verano». El término de comparación es justamente «estar cerca».

Al final Jesús hace una afirmación importante: «El cielo y la tierra pasarán». Es decir, la historia y todo el camino de la humanidad tendrá un final. El actuar histórico del hombre no tiene carácter de eternidad.

Esto puede resultar irritante a muchos y más hablar de Cristo como Juez de la historia. A la omnipotencia humana le resulta odioso esta afirmación, no por la imagen de «Juez» sino porque la soberbia no le deja aceptar que hay Otro que tiene la última palabra en su vida y en la historia.

Omnipotencia y soberbia son la que impiden aceptar esta verdad. De hecho para el pueblo sencillo, la imagen Cristo como juez llena de sentido y esperanza sus vidas, tantas veces golpeadas duramente por las injusticias de los hombres. En nuestro país y en todo el Continente se profesa la devoción a Jesucristo «Justo Juez», que no es representado con poder, sino flagelado, coronado de espinas y cubierto del manto que le pusieron los soldados romanos para burlarse de Él.

Así que el llamado «fin del mundo» no es una destrucción absoluta y despótica de parte de Dios, que jamás obra así. La Sagrada Escritura no habla de una catástrofe que pulverizará el cosmos, la humanidad y todas las conquistas del hombre. Es más bien la realización de una esperanza. Lo importante es orientar bien el “hacer” de cada día y el caminar de la historia. Si el “hacer” ha sido bueno la alegría final será infinita, cuando veamos al mismo «Hijo del Hombre» que ahora amamos y buscamos con humildad en medio de la oscuridad de la fe.

El Señor vuelve; lo decimos en la Eucaristía: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección ¡ven Señor Jesús!"; y también al cantar el Santo: "Bendito el que viene en nombre del Señor"; y en la oración después del Padrenuestro pedimos ser liberados de todos los males y perturbaciones "mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo".

El Señor vuelve ¿cuándo? Es algo que no se puede calcular como pretenden algunos. Vuelve a instaurar definitivamente el Reino de Dios su Padre. Pero no vuelve solo en un fin de la historia. El evangelio de hoy nos hace comprender que vuelve más veces de las imaginamos. Su venida es precedida por la «caída de estrellas», usando la imagen que Jesús mismo presenta en el evangelio.

Ahora bien ¿qué significan estas imágenes? Las estrellas simbolizan poderes (políticos, sociales) que al ubicarse en el cielo pretenden usurpar el lugar de Dios, pretenden para sí mismos atributos divinos y veneración adecuada a una divinidad. Oprimen y sacan vida al hombre en algún aspecto. Exigen que se le hagan grandes sacrificios a cambio de unos pretendidos favores.

Pero estas estrellas «caen». Caen estrellas: situaciones de injusticia y de corrupción, de desigualdad, de marginación, de opresión y de oscurantismo. Esas caídas son provocadas como preanuncio de la llegada del «Hijo del Hombre». La llegada del «Hijo del Hombre» es el triunfo de lo humano sobre lo inhumano.

¿Cuál es, entonces, la actitud del cristiano? Cada cristiano debe vivir en una actitud de vigilancia y discernimiento. Comprometernos a construir un mundo más humano, más justo, más fraterno. Y eso examinando la vida diaria: ¿Qué calidad de amor damos a lo que vivimos? ¿Qué valores guían nuestra vida? ¿Tenemos esperanza de un futuro mejor, futuro prometido por Dios? ¿Qué lugar en nuestras opciones cotidianas la esperanza de la vida eterna? ¿Esta esperanza de vida eterna guía nuestro obrar? ¿Nuestro compromiso puede ser mayor aún?

La esperanza del futuro, de la vida eterna, nos ayuda a ubicarnos en nuestra verdad personal, y también a juzgar los acontecimientos desde "otro lado".

Esta Palabra nos abre el horizonte al anunciarnos que nada está perdido, que aún en momentos de graves crisis todo está en manos de Dios. El conocer la meta es esperanza y sentido para todos y es aliento para una mayor entrega al crecimiento personal buscando y obrando el bien a favor de todos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.