Esta fiesta de Cristo Rey fue instituida por Pío XI en 1925. ¿Cuáles fueron los motivos? Hacia siete años del fin de la Primera guerra mundial, conflicto que había dejado millones de muertos como nunca se había visto. Otros motivos fueron la revolución comunista de 1917; la aparición de fascismo en Italia, en 1922 y del nazismo en Alemania, en 1923. La euforia económica que se vivía en las nuevas potencias como Estados Unidos y Canadá pronto colapsarían con la gran depresión de 1929. Injusticias, violencias, tensiones sociales, hambre y falta de trabajo. Todo contribuía a hacer del mundo un lugar inhóspito e insoportable...

 

Pío XI ante esta situación piensa que la causa de todos los males, fue el «haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad»; y que «no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador».

La palabra de Dios nos revela cómo es este nuestro rey Jesucristo. La primera lectura lo llama «hijo de hombre», esto significa que el Mesías-Rey nace, convive con los hombres, sufre, muere y resucita. La segunda lectura, del Apocalipsis, subraya la crucifixión de Jesús, de cuyo corazón traspasad0 se derrama su amor por nosotros. El evangelio nos lleva al juicio de Jesús ante Poncio Pilato. Escuchamos un fragmento del juicio que finalmente condenará a Jesús a la muerte infame de la cruz.

Jesús ha sido detenido y condenado por las autoridades de su pueblo. Ahora está ante el representante de un imperio que se mueve por la ambición de poder y de riqueza. Esta ambición genera una ideología enemiga de Dios, porque es contraria a la verdad. Esta ideología para sostener el imperio justifica un orden social de exclusión y marginación, privando al hombre de su dignidad, libertad y plenitud a las que es llamado por Dios. Esta estructura de pecado sostiene la injusticia para beneficiar a sus principales aliados, aquellos que detentan el poder, que son los únicos beneficiados. El pueblo sencillo arrinconado por la necesidad y el miedo acepta ser engañado, trabaja por la gloria y poder de ese imperio para sostenerlo y acrecentarlo. Pero a la vez es movido por la envidia y la ambición de poder ser y tener lo mismo que los poderosos, por eso se vuelven dóciles a las justificaciones de la estructura de pecado. Pero también aceptan ser engañados porque es menos comprometido que pensar y discernir personalmente.

Pilato pregunta a Jesús por su condición de rey. Jesús no lo niega: es rey, pero no como pensaba Pilato. Jesús explica su función como rey: no consiste en dominar o gobernar, al estilo de los reyes de este mundo, sino en dar testimonio de la verdad. Con estas palabras condensa Jesús ante Pilato el significado de su vida y actividad.

Pero esto a Pilato no le importa, porque se da cuenta que Jesús no compite con el imperio romano, ni con ningún otro. El prefecto romano no comprende el alcance de la propuesta de Jesús. Se conforma con saber que no usa la violencia.

Jesús declara que su misión como rey es «dar testimonio de la verdad». Pilato pregunta «¿qué es la verdad?», pero no quiso escuchar la respuesta. La verdad de que Jesús testifica es la verdad del amor misericordioso e incondicional de Dios al mundo, y que Jesús ha manifestado en toda su misión: gestos, opciones y sentimientos. De esta manera Jesús muestra ser la verdad sobre Dios, por manifestar su amor, y la verdad sobre el hombre, por ser la realización del proyecto de Dios sobre Él. De esa verdad da Jesús testimonio.

Para integrar a los hombres a su reino, Jesús no somete al ser humano, eso es lo propio de las estructuras de pecado, que se apoyan en la injusticia y la violencia. En el reino de Jesús los hombres son libres, son hijos de Dios destinatarios de todo su amor. Desde lo alto de la cruz, especie de trono de rey, Jesús estará dando su vida por amor al hombre.

Para sacar al pueblo de la opresión de la estructura de injusticia, Jesús no va a oponer violencia a violencia, ni a la falsa ideología la enfrentará a otra ideología verdadera, sino que ofrecerá la experiencia del amor que comunica vida. Jesús libera haciendo ver la falsedad de lo que muchos creen: no es voluntad de Dios que el hombre sea esclavo, ni miserable, sino libre, pleno y feliz.

La comunidad que reconoce a Jesús como Rey, se encuentra en medio del mundo, no es un refugio que permita al hombre evadirse de la historia. Todo lo contrario que lleva en sí misma la fuerza del Espíritu que la envía a prolongar la misión de Jesús en favor del ser humano.

Por eso, su comunidad, la Iglesia, tiene que volver la mirada al Rey y Señor de la Iglesia. Así comprenderá por dónde caminar a la par de su Rey.

¿Cómo reina Jesús en cada uno de sus discípulos?

Reina cuando no justifican ninguna forma la violencia. Reina en los que tienen hambre y sed de justicia, en los misericordiosos, en los limpios de corazón, en los que trabajan por la paz (o sea el bien común), reina en los perseguidos por causa de la justicia. Reina en los que se reconcilian con sus hermanos antes de orar, en los que perdonan setenta veces siete, en los que ponen la otra mejilla, en los que buscan ser servidores de todos, en los que no juzgan ni condenan a los demás. Reina donde todos se preocupan de los más necesitados y desfavorecidos.

Su reino no se expande por imposición. Es humilde siembra de semillas que parecen insignificantes, como grano de mostaza, y al esparcirlas pareciera que se desperdician.

Se entra a formar parte de este reino escuchando la voz de Jesús y aceptando renacer del Espíritu que comunica Jesús. Pero para poder escuchar a Jesús e integrarse a su reino hay que tener disposición interior a amar y a buscar siempre el bien del ser humano.

Jesús es Rey: nosotros, libremente, podemos permitirle que Él sea también el Rey de nuestro corazón y de toda nuestra vida. Que así sea.

Fr. Pablo Ferreiro,ocd.