Comenzamos un nuevo tiempo litúrgico, una nueva oportunidad de acoger al Señor que viene al encuentro de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestro mundo.

Comenzamos el tiempo de Adviento, esta palabra significa que alguien está viniendo: es el Señor. La primera parte del Adviento nos prepara para la segunda venida de Cristo, el Hijo del Hombre que viene entre las nubes con poder y gloria. La segunda parte del Adviento nos prepara para recordar, es decir, pasar nuevamente por el corazón, la primera venida de Cristo, en la humildad de nuestra humanidad...

 

Por todo esto el Adviento es tiempo de esperanza y de conversión. A pesar de que el pensamiento del siglo pasado lleva a muchos a creer que no tienen sentido ni las cosas, ni la creación, ni la humanidad, ni siquiera la vida personal, nosotros, los creyentes en Cristo sostenemos con fe y esperanza que todas estas realidades nacen de un sueño de Dios. Él llena de su gracia y de todo su amor esta realidad en que nos movemos y existimos. Hay sentido, hay proyecto. Es necesaria la conversión personal y social.

La conversión del Adviento es muy singular, porque antes que nada es conversión de la mirada. Sí, la conversión del Adviento pide nuevos ojos.

En nuestra realidad personal, comunitaria y mundial, existen signos del mal, del anti-reino, y muchos quieren que sólo veamos esos signos del mal que generan en nosotros la desesperanza y el abatimiento, el miedo que paraliza, la resignación que nos hace rendirnos ante ese mal.

La conversión del Adviento no nos deja ver solo la mitad de las cosas: no solo existen signos del mal, también existen los signos del bien, de la presencia y cercanía de Dios, de su Reino que se ha hecho presente y se va extendiendo poco a poco. Y llegará a su total extensión con la llegada del Señor

Recordemos lo que dijimos hace dos domingos atrás. El Señor vuelve para instaurar definitivamente el Reino de Dios su Padre. Pero no vuelve solo en un fin de la historia. El evangelio de hoy nos hace comprender que vuelve más veces de las imaginamos. Su venida es precedida por la «caída de estrellas», usando la imagen que Jesús mismo presenta en el evangelio.

Ahora bien ¿qué significan estas imágenes? Las estrellas simbolizan poderes (políticos, sociales) que al ubicarse en el cielo pretenden usurpar el lugar de Dios, pretenden para sí mismos atributos divinos y veneración adecuada a una divinidad. Oprimen y sacan vida al hombre en algún aspecto. Exigen que se le hagan grandes sacrificios a cambio de unos pretendidos favores.

Pero estas estrellas «caen». Caen estrellas: situaciones de injusticia y de corrupción, de desigualdad, de marginación, de opresión y de oscurantismo. Esas caídas son provocadas como preanuncio de la llegada del «Hijo del Hombre». La llegada del «Hijo del Hombre» es el triunfo de lo humano sobre lo inhumano.

Cierto que en el entretanto de esta venida puede pasar de todo, puede parecer que todo se derrumba, que no hay esperanza. La humanidad puede pasar por las más terribles sufrimientos, puede que tome opciones muy malas que arruinen la vida de todos y de toda la creación. En la vida de cada persona puede cruzarse el mal, puede arruinarse, pueden morir sus seres queridos, sus sueños y proyectos pueden quedar truncados, se puede ser esclavo del pecado y por supuesto llegará la muerte.

Pero nada de eso es más fuerte que la fe en Jesús: si Dios ha compartido nuestra humanidad. Todo terminará bien, porque todo depende de su fidelidad.

Ni la muerte, ni el pecado ni ninguno de los poderes destructores puede separarnos del amor de Dios, como dice San Pablo.

Necesitamos reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Todo esfuerzo por el bien común, por un mundo más humano no se va a perder. Lo que el Señor siembra en la discreción y el silencio florecerá y dará su fruto. Y los creyentes hemos de colaborar en esta siembra viviendo los valores del Evangelio.

Intensifiquemos la oración, en este tiempo de Adviento, una oración que purifique el corazón para que nuestra mirada sea sana y plena, para que nuestra colaboración en la presencia del Reino sea la colaboración que el Señor espera.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

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