El domingo pasado la palabra de Dios nos decía que la conversión cristiana es conversión a la alegría. Una alegría que resuena en la palabra que hoy escuchamos. En la primer lectura el profeta Sofonías proclama: «¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!». También san Pablo, en la segunda lectura, insiste a los filipenses en la alegría: «Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense». Una alegría confiada porque está fundamentada en el hecho de que «El Señor está cerca»...

 

Hoy recibimos una nueva perspectiva de lo que significa conversión: convertirse a Dios significa convertirse al prójimo.

Sin conversión al prójimo no existe una auténtica y definitiva conversión a Dios, pues una fe auténtica y sana no pierde de vista la realidad que tiene delante. Nunca puede ser indiferente a las tristezas y dolencias de sus hermanos, los hombres. Ningún cristiano deja de ser miembro de la Iglesia y ciudadano del mundo, por lo tanto, siempre tiene que tener en cuenta sus relaciones sociales y públicas. Si se cultivara una fe y una espiritualidad que no estuviese enmarcada y centrada en el amor del prójimo se estaría muy lejos de Jesús y del Evangelio. Centrarse en el propio interés, en la propia comodidad o en la perfección personal, sería volverse refinadamente egoísta, con una autosuficiencia y obstinación increíbles al servicio de sí mismos. Esto generaría personas aferradas a sus propias ideas, obstinadas, impositivas, dominantes, incapaces de dudar de sus pensamientos a causa de la autosuficiencia, con una terquedad invencible y con un sutil menosprecio a todo cambio o renovación necesarios. Estos tales hacen de la palabra de Dios, de la oración y de los sacramentos un placebo, con los que se evaden de todo aquello que no les gusta. Bien lo sabía santa Teresa que de muchas maneras buscó orientar a los suyos para evitar este desvío de la auténtica vida en el Espíritu.

De ahí que san Pablo inmediatamente de llamarnos a la alegría nos pida que «la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres». Bondad que expresa la forma amable, paciente, bondadosa con que Dios nos trata a nosotros. Es decir, tenemos que obrar con los demás como Dios hace con cada uno de nosotros.

En el evangelio Juan Bautista llama a la práctica que implica el bautismo y la conversión. Juan Bautista nos obliga a poner los pies en la tierra y nos exige que miremos alrededor para atender a las necesidades de los otros.

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Son palabras que interpelan seriamente. Aquí termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela la verdad de nuestra conversión del corazón. «¿Qué debemos hacer?» Es la pregunta de la gente que rodea al Precursor. Sencillamente compartir lo que tenemos con los que lo necesitan.

A los recaudadores de impuestos les dice que deben actuar con honestidad y cobrar lo estipulado sin buscar ganancias egoístas que no fueran las normales de su cargo. Y a los soldados les dice que no deben de intimidar con sus armas para obtener beneficios adicionales que no les corresponden.

La prédica del Bautista pide simplemente que abramos el corazón a Dios mirando las necesidades de los otros.

Por eso nos viene bien la recomendación de san Pablo que hoy hizo a los filipenses: «en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias». La oración nos abre constantemente a la acción del Espíritu Santo, que realiza en nosotros todo lo bueno que anhelamos. Es obvio que quien convierte es el mismo Señor. Eso es lo que necesitamos pedir.

«El Señor está cerca». Que todo el mundo conozca y se alegre ante tan Buena Noticia. Que cada uno con sinceridad, examine su corazón y se abra a la acción del Espíritu que nos llena de la alegría de la salvación que nos convierte en hermanos y servidores de los más necesitados.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

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