“Amigos fuertes de Dios”, lema de la jornada de la Vida Consagrada

La Iglesia celebra el Año de la Vida Consagrada. El próximo 2 de febrero, festividad de la Presentación del Señor en el Templo,tendrá lugar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que este año, en consonancia con el V Centenario del nacimiento de santa Teresa, ha elegido una frase suya como lema: Amigos fuertes de Dios.

“Son estos «tiempos recios», que diría santa Teresa de Jesús, y «son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos» (Libro de la Vida 15, 5). A esta amistad, que se forja en la intimidad de la oración, estamos todos convocados, y de manera especial las personas consagradas, llamadas a testimoniar la alegría que nace del encuentro con el Señor y nos dispone a llevar el Evangelio a todos los rincones de la tierra con una solicitud especial por las periferias existenciales “. (Mons. Vicente Jiménez Zamora, Presentación de la Jornada)

Dentro del material que la Conferencia Episcopal ha elaborado, y que ofrece en su página web, se encuentra un folleto con testimonios de distintas personas consagradas, con diferentes vocaciones.

Elegimos el testimonio de un carmelita descalzo, Miguel Márquez Calle, en el que resalta, entre otros, el papel de Teresa de Jesús en su historia vocacional:

Una mujer, que había muerto hacía 400 años, Teresa de Jesús, me contagió su pasión por Jesucristo

Ahora lo comprendo: en mi camino encontré mujeres y hombres decisivos, que marcaron el futuro que ahora transito agradecido y confiado. Eran personas con dificultades, fragilidades, pobrezas, manías, debilidades, limitaciones invisibles para mí en aquel entonces. Dios les hizo piezas claves en Su particular conquista de mi corazón y de mi atención, fueron sacramento humano de sanación y aliento, lumbre y lanzadera. Ellos han sido mis amigos fuertes de Dios.

Unas carmelitas contemplativas, desde su silencio y su fraternidad, me abrieron al sentido del misterio; unos ancianos religiosos (carmelitas) en un monasterio me abrieron al gozo y al desafío de la sencillez y la alegría de las cosas simples; un anciano sacerdote, con su escucha, me hizo sentirme importante, y despertó la pregunta por la vocación; una mujer, que había muerto hacía 400 años, Teresa de Jesús, me contagió su pasión por Jesucristo, un deseo ardiente de adentrarme en esa relación con Cristo vivo que ahora quemaba también la dispersión de mi vida, recogiendo mi caudal en sus «lindos ojos».

Ahora lo reconozco: Leocadio, Ceferino, Amador, Antonia, Isabel, Ascensión, Consuelo, Matías, Valentín… y tantos otros sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron pequeños y decisivos instrumentos, amigos fuertes de Dios para esforzar mi vida flaca, en medio de la reciedumbre de sus propias luchas y afanes cotidianos. Todos ellos me lanzan al terreno, sin excusas, de la entrega y la alegría. Algo de todos ellos pervive en mí con la fuerza del viento que arranca las hojas secas del lamento, y en memoria de cada uno y de tantos religiosos y religiosas que entregaron silenciosa, gratuitamente su vida, me invitan a ser escucha paciente, abrazo sin recompensa, perdón sin límites, tiempo perdido en la acogida, mirada a los ojos, rescate de la dignidad olvidada, canal de encuentro con un Dios vivo, alegre. Todo eso y tanto de lo que yo he sido agraciado en cada una de aquellas y aquellos amigos fuertes de Dios en tiempos siempre recios de cruz y, por eso, de resurrección.

Ahora me despierto: Se nos va la vida, hijo, dice mi madre, que es otra gran amiga fuerte de Dios. Al decirlo me encara con otro dogma teresiano: no esperar a mañana, y no despreciar mi pobreza. Hoy nos jugamos la vida en el amar y dejarnos amar. Madre Teresa, ¿quién supiera amar así a Dios, a Jesús y a cada ser humano? ¡Enséñanos tú, por favor, desengáñanos! Hoy tengo cita con Dios en el silencio, en cada otro, entre los pucheros y en lo inesperado. Ahí me va la vida. Aquí tienes mi vida.

Miguel Márquez, ocd